Siempre habrá alguien que piense en ella más que tú, siempre habrá alguien que escupa más lejos y, sobre todo, siempre habrá alguien que escriba mejor. Lo supe cuando leí que Fante soñaba ser tan grande como Hamsun. No lo logró del todo, pero en el camino comprendió que escribir era otra cosa: danzar entre cenizas, jugar en la ruina.
La ruina define la verdadera experiencia de escribir. Construyes una fortaleza de expectativas y la realidad la derrumba. Y ahí te quedas, entre escombros, sin certezas, sin promesas. Al principio crees que el éxito es otra cosa: prestigio, reconocimiento, dejar una huella en el zeitgeist de tu tiempo. Pero, con los fracasos, si tienes suerte, aprenderás que las ruinas son un espacio de absoluta libertad. No hay pared ni enemigo que venga a limitar cómo debe ser tu obra. No necesitas aprobación, ni concesiones ni disfraces.
Es lógico pensar que esta idea parezca un consuelo, una medalla a todos los participantes, una excusa por no haber llegado a la cima. Tal vez lo sea. Pero, en este juego, cuando desaparecen las expectativas surgen cosas imposibles. Ahí, en el silencio de las ruinas, se alza la voz propia.
Danzar entre cenizas, jugar entre ruinas significa escribir sin miedo al mercado, a ideologías, a fórmulas prefabricadas. Significa crear sin más presión que la propia, con la certeza de que nadie vendrá a derribar la chabola que nos estamos haciendo con los restos del castillo. Y, entre piedras y musgo, ver cómo atardece en Carreira, descansar y volver mañana, impulsado por la necesidad de contar.