
Paseo con mi hija por Coroso, cuando el mar brama a babor la niña sonríe con salitre y libertad. El viento trae una pregunta incómoda: «¿Qué hará que deje de sonreír así?» Las olas parecían querer responder por mí, también las gaviotas. Hasta las píllaras. Pero fui yo quien contestó en alto: «Quizá el mundo». El mundo y sus mañanas frías y grises con sus personas más frías y más grises todavía. O tal vez sea yo, sin querer, el día en que no sepa escucharla y detectar una nota discordante, como hoy escucho los mil sonidos que conforman la voz unísona de la playa.
Volvió el viento con furor, intentando borrar la pregunta, y Sofía debió de ver algún cangrejo regateando como Mbappé que soltó un «¡papá-pa!» Siempre le mete una tercera sílaba a papá, porque sabe que a veces estoy preso dentro de mí, dentro, muy dentro de mí. La pregunta se evaporó en ese tercer «pa», pero sé que regresará, con el viento, con la Luna o con una paella, cuando el mar se quede a babor y el futuro se acerque.
Hace muchos años yo corría por esta playa con una cometa. Reía sin saber que los días así se guardaban para siempre en un rincón silencioso del latido, en una aurícula. Anteayer, cuando el viento traía promesas y no preguntas de plomo. «Papá-pa», con esa sílaba extra que me rescata. El viento aún conserva mi cometa, un cangrejo guarda nuestro secreto mientras practica ese pase de gol: la felicidad, Sofi, es rematar todo balón que el destino o el cangrejo o el absurdo nos arroje y clavarlo con la zurda entre el miedo y el sueño. La felicidad es seguir rematando.