Lo primero que diría de los 42 es que sentirse joven no es ser joven. Que los sueños se pierden o se aplazan o, en el mejor de los casos, se renegocian
08 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Esta semana cumplo 42 años, voy muy tarde para joven promesa y muy pronto para venerable anciano. Otros, más sabios que yo como Séneca, Rilke o Chayanne, en su madurez han expresado algunas reflexiones sobre qué sucede a esta edad, que es como una silla extrañamente colocada en mitad del salón.
Lo primero que diría de los 42 es que sentirse joven no es ser joven. Que los sueños se pierden o se aplazan o, en el mejor de los casos, se renegocian. Frente a la caña bien tirada que antes olía a aventura hoy siento gravedad, crujido de huesos y desgana. No tengo necesidad alguna de tener razón, me parece de mala educación intentar convencer a alguien de algo y el silencio comienza a resultarme una forma elegante de inteligencia.
A los 42 uno empieza a entender que el tiempo ya no empuja, acompaña. Que las prisas eran una forma de miedo y que muchas ambiciones estaban mal formuladas. Se aprende a distinguir el ruido del latido. Hay menos fuegos artificiales y más brasas, menos promesas y más cuidado. No es resignación: es una forma nueva, más discreta y más honda, de esperanza.
Ya no puedo salir en invierno con pantalón de chándal y sudadera. No me aburre que mis padres me repitan historias porque un día no las repetirán más. Me río de mí. De mis manías, de mis nostalgias, de la idea de que antes todo era mejor. No lo era. Solo éramos más flexibles ante las espinas y las caricias, ante la gastritis y la esperanza. Qué maravillosa eres, vida. Qué rara y alucinante y triste y loca, vida. Y cuánta belleza, quieto y sangrante rumor de luna, escondes en tu delirio.