Si en algo coinciden autónomas y pequeñas empresarias es que en nuestros días te levantas con el mejor ánimo, dispuesta a comerte el mundo, segura de tus conocimientos para desarrollar tu actividad, después de haberte empeñado para asegurar la cobertura financiera y los medios necesarios para trabajar con solvencia, pero va el Trump de turno, la lía con el primero que se le cruza al otro lado del mundo y hace peligrar tu negocio en Barbanza.
En dos o tres días de conflicto gasolina y gasoil han subido veinte céntimos, el transporte marítimo, del que dependo todo, se dispara. La evolución a la baja del euríbor de los últimos meses se frena y repuntará con seguridad, por lo que los costes financieros aumentarán. Y así podríamos seguir en una espiral alcista de imprevisibles consecuencias.
Y tú, que te las prometías tan felices mientras vendías ropa elegante, hacías una perfecta instalación eléctrica, vendías un buen coche o el pescado más fresco, prestabas el mejor asesoramiento o diseñabas los muebles más funcionales, dedicando muchas horas, con calidad y buen servicio, te puedes ir al carajo porque un anaranjado vaquero, un sectario y acuciado judío y un iluminado de turbante —con ínfulas atómicas— hacen un tétrico ménage á trois.
Es el negro mar que surcan las ilusiones de las emprendedoras y los emprendedores de hoy, con proyectos que equivalen a una vida, mecidos por manos ajenas, lejanas y de siniestros intereses. No me olvido de los empresarios de mayor fuste, pero sus barcos son modernos trasatlánticos y los de los pequeños las parejas que hace 70 años se partían las cuadernas en Terranova.