Otoño. Tras el mostrador de la farmacia soy otro distinto al de la barra del bar. A veces cuanto peor estoy, mejor trabajo. Me brota una amabilidad algo circense, una paciencia larga para quien quiera contarme su ciática, su nieto, su lluvia.
Desde que conozco algunas historias de este pueblo pienso que enseñar mis heridas en público es una descortesía, casi una indecencia. Así que cuando por dentro se me llena todo de sombras, enciendo una luz de teatro y escucho, pregunto, me intereso, entiendo. Los fantasmas que esperen en la rebotica.
Por una farmacia pasa mucha gente, y no todos vienen a por pastillas. Hay quien se queda un rato de más con el Lexatin en la mano. Hay quien pregunta por un jarabe y está hablando de otra cosa. Reconozco esa tristeza porque es pariente de la mía: se disfraza de buenos días y se sube el cuello del abrigo. Melancolía, la llaman en Boiro.
Crecer es aprender el oficio de la compostura, elegir las guerras, abrir los ojos al escuchar para que el otro sienta que lo oímos. Pero la vida corre por debajo, como un río que no se deja canalizar, que intuye un camino. Y la alegría aparece donde nadie la espera, en flores sin nombre del sendero de piedras. «Érase una vez la dueña de una flor», decía Robe.
No soy tan importante como para ir repartiendo mis penas. Por eso a veces solo paso rozando las vidas ajenas: un hola, un hasta mañana, la bolsa blanca sobre el mostrador. Cada cual arrastra su carga, sus esperanzas, su guerra particular, su microcosmos. A veces intento que su carga pese un poco menos al cruzar mi puerta. A veces. Ánimo.