El número de visitantes a los cementerios se incrementa cada año

La Voz LA VOZ | REDACCIÓN

CARBALLO

CASAL

El buen tiempo propició que los camposantos se llenaran de flores Centenares de personas asistieron a la misa celebrada en la necrópolis carballesa

01 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

El día de Todos los Santos amaneció tan soleado que parecía que el primer día de noviembre se había trasladado a plena primavera. Las bajas temperaturas, sin embargo, confirmaban que la jornada de visitar los cementerios no había cambiado de fecha. El buen tiempo propició que todos los camposantos de la Costa da Morte, perfectamente limpios y acicalados -en el caso de Laxe, el Ayuntamiento envió a tres operarios municipales-, se llenasen de gente desde primera hora de la mañana. Las capillas permanecieron abiertas durante todo el día y los contenedores de basura del exterior demostraban que la limpieza de los nichos comenzó el domingo. A las cinco de la tarde, hora en la que se celebró la misa en honor de los difuntos, era prácticamente imposible moverse por el cementerio de Carballo. Media hora antes, la carretera hacia Ordes vivía una improvisada procesión con cientos de vecinos cargados de flores que más tarde, tras honrar a sus seres queridos, abarrotaban el pasillo central de la necrópolis carballesa mientras los más pequeños correteaban entre las flores de los laterales. Muchos claveles y crisantemos, cuyos precios oscilaron ayer entre los cinco y los siete euros por una docena, y también algunas rosas (entre 18 y 30 euros), sobre todo en las tumbas de aquellos que murieron demasiado jóvenes. Lo mismo ocurría en Malpica, donde no sólo el sonido del mar demostraba que se trata de un pueblo marinero, sino también las fechas de algunas lápidas, en las que reposan los restos de pescadores fallecidos antes de tiempo. «Olvidamos cuando te olvidemos y así nunca nos olvidarás», reza el epitafio de una ellas. En otra, sin apenas adornos, alguien había escrito a mano: «No sabes cómo te echo de menos, abuela». Ayer, todo el mundo en la Costa da Morte echaba de menos a alguien.