ARA SOLIS | O |
12 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.EN LA Universidad le llamaban Lirón. Le gustaba tanto dormir que era capaz de echarse una cabezadita en cualquier lugar. Una noche sus compañeros se lo encontraron durmiendo en la esquina de un pub mecido por el chunda-chunda de moda y desde entonces le quedó el apodo. Un día incluso colgó de la puerta de su cuarto un cartel en el que aseguraba que estaba hibernando y que, como los osos, respondería con furia contra aquel que se atreviese a despertarlo. Alguien insinuó que tal vez se trataba de un problema de tensión, que ésta era tan baja que le impedía mantener los ojos abiertos. «Es vicio», zanjó su madre. «Un placer», especificó el Lirón, así que a partir de entonces nadie se extrañó de que durmiese más de 24 horas seguidas. Ni los remordimientos de conciencia podían quitarle el sueño, pero la incorporación al mundo laboral le supuso un verdadero problema que consiguió atajar con un turno de noche en una emisora de radio de la capital. Pero un día todo cambió. Llegó a casa tras una agotadora jornada y después de un baño caliente se metió en la cama para disfrutar de una maratoniana sesión de fase REM. Sin embargo, tras varias vueltas se dio cuenta de que había perdido su capacidad de sueño. «Fue increíble -me explicó-, descubrí que a las ocho de la mañana todavía era de noche y que la calle estaba repleta de gente». La solución al insomnio llegó de la mano de la televisión. La enchufaba y en apenas unos minutos ya estaba roncando. «Eran tantas las tonterías que decían en los programas de la mañana que era incapaz de mantener los ojos abiertos». Eso sí, confesó que «la María Teresa Campos» le producía pesadillas.