ARA SOLIS | O |
07 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.CON CIERTA frecuencia aparecen reportajes que nos informan (atemorizan) sobre el cambio climático que viene. Es posible que no lo veamos en dos generaciones, pero viene. En esos informes, los expertos anlizan la capa de permafrost de hielo de la Antártida, las balizas hincadas en la costa de Groenlandia, los parámetros de los satélites, el sol y la luna. No hace falta irse tan lejos. Para ver que algo raro está ocurriendo basta con observar alrededor. Las mimosas. Amarilleaban a principios de enero y este año lo hacen bien entrado febrero. Los cucos. Ya el año pasado no vino el de siempre, el que despertaba las Lombas de San Cremenzo en cada atardecer de marzo. Los vencejos, a ver qué pasa con estos primos de las golondrinas, siempre bien orientados hacia los nidos de sus progenitores. Los ríos. Bajan sin agua, sin fuerza, sin ánima, vacíos por la ausencia de lluvia o por la gangrena de decenas de fuentes cuyos regos han quedado sepultadas por los terrones. El frío, las heladas. ¿Quién recuerda semejantes temperaturas, tan bajas, tan constantes, que queman las -cada vez menos- hortalizas que los viejos mohicanos aún se animan a seguir plantando. O la tierra, seca y gris, que precisa más abono. No es necesario ver el canal de los documentales para descubrir que algo pasa. Basta con pasear por la cuenca del embalse de Fervenza, por algún torrente verdecido del Castelo o del Pico de Meda. O con hablar con los viejos. No con todos: con los más sabios. No todos lo son, igual que no todos los jóvenes son rebeldes. La friaxe de la mañana ya les da el parte del día: viento, temperatura y humedad media. La pena es que también estos viejos se están yendo. Como el clima: despacito. El día en que no llueva, o que nieve en agosto, ellos ya habrán desaparecido. Será pronto. Ese sí que será un cambio climático humano duro. Ley de vida.