Arriba los ojos, esto es un cuento

Harry Dorial redac.carballo@lavoz.es

CARBALLO

10 dic 2008 . Actualizado a las 02:53 h.

Cuenta nuestra memoria selectiva que, de pequeños, nuestros abuelos nos contaban historias y cuentos a la luz de la lareira, en la cocina, generalmente en las frías noches de invierno, tras la cena, y escuchábamos ateridos relatos sobre aparecidos que, paradójicamente, siempre versaban sobre desaparecidos.

Bueno, bueno. La memoria selectiva a veces es un poco mentirosa y desde luego algo fantasiosa. No había mucho ánimo para historietas, lo de la Rolda salía en cualquier momento del día y, a principios de los setenta, cuando llegó la tele a las casa, todos preferían el Un, dos tres o cualquier cosa de la primera cadena en vez de hablar de cuentos de miedo que casi nunca lo daban. Lareiras no había tantas, y mejor se estaban en cama bajo la manta de estopa, de tacto nada dulce.

Eso no quita que, de vez en cuando, algo sí se contara. Sobre todo, en los días relajados de las fiestas, en la sobremesa, cuando la alegría espirituosa invocaba el recuerdo de los espíritus a los que nos hemos referido. Pero era algo, poco, de vez en cuando.

Naturalmente, todo eso ha desaparecido ya. Y, fíjate tú, hoy en día esa función de narración oral que ya no se perpetúa en las casas, se ha trasladado a lugares públicos en forma de sesiones de cuentacuentos.

No creo que a los peques les suelten muchas ideas sobre el más allá, pero seguramente les darán vida a animales del monte, a lobos que otrora se comían niños o incluso los salvaban si se caían en un agujero entre los pinos. A cuervos que hablan -cada vez menos- y se posan sobre las copas de los eucaliptos, cada vez más. A cerdos que escapan de casa y, como los gatos, saben regresar (si a Quinín lo dejan suelto en Carral aparece en Dumbría, fijo), tras haber visto otras lindas lindes. Igual los cuentos de hoy animan a las gallinas a enfrentarse a los raposos, al viento a dejarse caer sobre una aldea a ver qué pasa, y a la lluvia secarse sobre un campo de tréboles para hacer un alto en su aburrido camino de arriba abajo y viceversa.

Digo yo que igual los cuentos de hoy ofrecen algo de eso. O de otra cosa. Algo bueno debían de tener los que les contaron ayer a los niños de tercero de primaria del colegio Bergantiños, y antes a los de cuarto de infantil del Fogar, para que pusiesen esos ojos y esa cara mientras los escuchaban. Fueron los de Kalandraka , que algo saben de narrar historias como las de antes. Pero, en vez de lareira, arropados por la calefacción del Pazo, y dentro de la programación de Cantar e contar. Ler na nosa lingua , por la que pasarán numerosos colegios del municipio.

Eso sí, fíjense en la imagen. A la derecha se exhibe un traje de otros tiempos, una de esas corazas que protegían de la lluvia, pese a estar hecho solo de vegetales, mayormente de juncos secos. En Rial (Val do Dubra) queda un artesano, Perfecto Anido Blanco , que los hace, y los hizo, con enorme maestría.

Quién sabe si, al final del cuento, el traje cobró vida y echó a andar por el Pazo. Algún día lo contarán y dirán que «hace mucho, mucho tiempo...».

Giro copernicano, salvo por lo de los ojos. En nuestro siguiente tema, los espectadores siguen con los ojos bien abiertos prestando atención a lo que se les explica. Pero ya no se habla de cuentos. No tienen edad para ello. Si acaso, para contarlos, pero no es el tema. La historia que sigue va de quesos. El Concello de Cerceda tuvo el buen ojo de organizar una cata de quesos en la planta baja del Museo do Moucho. Hablaron los expertos, Marisé Mosteiro Zapata , del Consello Regulador y denominación de origen Queixo de Tetilla, y Óscar Pérez Ramil , de Queixos Arzúa-Ulloa, entre otros, me cuenta Ángeles Santos . A los asistentes, más de medio centenar de personas, se les habrá hecho la boca agua, con tanto hablar de las excelencias gastronómicas. Incluso a mí, con solo ver las fotos y escribir del tema, y eso que, de quesos, nunca he pasado de las lonchas del sándwich o de fiarme de los quesitos del Caserío. Pero nunca es tarde para enderezar la vida.

Comer bien alegra la vida, y hacer gimnasia, la endurece. Más que la vida, los músculos. Despedimos con ese llamamiento que nunca ha de faltar al ejercicio físico, sobre todo cuando uno ya no tiene 15 años. Y ponemos además unos de los muchos ejemplos de grupos que la practican por toda la Costa da Morte. En el Concello de Cee llevan ya mucho tiempo en ello. La imagen es del grupo de Cee, que se reúne, en el gimnasio del antiguo instituto Agra de Raíces, los lunes, miércoles y jueves a 15 personas, pero podría ser también el de Pereiriña (20 personas), Brens (26) o Lires (ocho).