El número de la ministra

Harry Dorial redac.carballo@lavoz.es

CARBALLO

Observen a la ministra Elena Espinosa y al teniente de alcalde de Carballo, José Antonio Viña , cada uno con su móvil en la mano. ¿Qué estarán haciendo? ¿Intentando conectarse por bluetooth ? ¿Enviándose mensajes? ¿Intercambiando archivos? ¿Pasándose, sencillamente, los números respectivos? ¿Recibiendo una llamada al unísono? ¿Presumiendo a ver quién tiene el mejor móvil? «El mío lleva cámara de cinco megas, navegador y 3,5G », diría uno. «Pues el mío graba en alta definición e incorpora espejo de mano», respondería el otro. Nada de eso, amigos y amigas. La explicación es mucho más simple: los estaban apagando, y lo hicieron a dúo. No hay misterio. El caso es que Espinosa estuvo en Carballo el viernes, como saben. Es la segunda vez en los últimos dos años que se acerca a la Costa da Morte (espero recordar bien), tras haber presidido en Zas la entrega de los Faros Nerios. No es porque lo diga yo, pero la verdad es que iba muy guapa. Y se marchó con algún recuerdo de la zona, como el que le entregó Carmen Rama , de Oza, que resultó ser una caja de chocolates Mariño , producto carballés por excelencia, aunque familiarmente juraría que la ascendencia de la estirpe cae por Entrecruces. Simple curiosidad. Saber música es toda una suerte, pero es de esas suertes que hay que buscar, trabajando y esforzándose, y dejando pasar los años para que los conocimientos se vayan asentando. Con paciencia, como decía en la entrevista de ayer en este periódico uno de los profesores del Conservatorio de Carballo, Eduardo Coma . La suerte no viene sola. Salvo que sea a través de la música de los dados, pero eso ya es otra cosa. Algo de partitura sí que tienen los cubiletes y su vaivén sincopado. Yo no le sé seguir el ritmo (no sé seguir el ritmo de nada, salvo el del sueño), pero los que sí deben saber son los profesores del Conservatorio de Carballo, a quienes mi compañero Casal inmortalizó jugándose una partidita justo antes de iniciarse las clases. Sabrán, porque nos han inundado (ojalá sigan estas inundaciones) con anuncios, que esta semana se ha celebrado el Día del Medio Ambiente. En cada lugar lo han celebrado de la mejor manera que han podido. En la inmensa mayoría no han celebrado nada. En Muxía, sí. Fue en el salón del voluntariado, al que a veces me tira llamarse el edifico de A Camposa, o incluso el mercado (reminiscencias de muchos años de terminología), y otras el centro de usos múltiples, pero, en general, el lugar en el que se desarrollan las principales actividades públicas en la villa de la Barca. Una quincena de chavales de entre 3 y 10 años participaron en un obradoiro dirigido por Marián Sambad (técnica municipal de Medio Ambiente) para aprender las nociones básicas del cuidado de las playas. Algo fundamental en cualquier lugar, desde luego en la Costa da Morte, pero más si cabe en Muxía, municipio que en mis tiempos era el que tenía más kilómetros de litoral de la zona. Y como mis tiempos no son lejanos y descarto que se hayan producido llamativos fenómenos morfológicos de aluvión, avulsión o sedimentación, los kilómetros deben de ser los mismos. Y, ahora que lo pienso, ¿no debería pensar Muxía en optar a alguna bandera azul? Es cierto que para tenerlas hay que instalar determinados servicios y hay visitantes que prefieren la naturaleza en carne viva (pensar en unas duchas en Lourido es osado, aunque con el parador ya veremos), en la que Muxía es privilegiada, pero a veces, como reclamo, no viene mal.