Una parada obligada en pleno corazón de Vimianzo

Marta Valiña CARBALLO/LA VOZ.

CARBALLO

Ricardo Álvarez regenta uno de los establecimientos más emblemáticos de Soneira, que sus padres, Manuel y María, inauguraron hace ya 40 años

21 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Ricardo Álvarez Canosa es capaz de atender a varios clientes a la vez y, al mismo tiempo, mantener una conversación amena y repleta de frases con retranca. Se mueve detrás de la barra a una velocidad pasmosa, pero, al mismo tiempo, inexplicablemente, da la impresión de que lo hace a cámara lenta, con mucha calma, lo que no deja de sorprender a quien espera su café desde el otro lado del mostrador. Se le nota la experiencia, adquirida desde muy niño y heredada de sus padres, Manuel y María, que se hicieron cargo de un negocio hostelero «sen ter nin idea de que ía o tema». Ambos, sin embargo, aprendieron rápido. Muy rápido. Tanto, que pronto convirtieron el restaurante Vía Rápida en un punto de referencia no solo en Vimianzo, sino en toda la Costa da Morte.

Manuel se hizo cargo del negocio en 1970, después de una larga temporada en Venezuela, país en el que vivió entre 1954 y 1963, y otra corta estancia comprendida entre 1965 y 1969. En el país caribeño trabajaba como electricista y fontanero y a su regreso a España quiso seguir en el mismo sector, pero en la compañía más potente del momento, Unión Fenosa, solo le ofrecieron la posibilidad de dedicarse a colocar postes por Galicia adelante. «Iso non era o que el quería, porque estaba acostumado a traballar nas casas, facendo instalacións e arranxos doutro tipo, así que buscou outra alternativa», cuenta Ricardo, que hoy se ocupa del negocio familiar, al que sus padres siguen acudiendo a diario «para axudar e supervisar».

Rechazada la oferta de Fenosa, Manuel Álvarez decidió invertir sus ahorros en la compra de un mítico establecimiento, Casa Enrique, una taberna-posada en la que podía encontrarse de todo y en la que Transportes Finisterre había establecido una de sus paradas en la Costa da Morte. «Todo o mundo pasaba por aquí, ou para coller o bus o ben para deixar algún paquete. Este era un punto de encontro», reconoce Ricardo, quien todavía mantiene en el local el horario del transporte público, del que ahora se encarga Autocares Vázquez. «Agora xa non hai quen colla o autobús, porque todo o mundo ten coche, pero aínda hai quen chama para preguntar a que hora pasa», cuenta.

Los primeros meses el local mantuvo el nombre, pero una divertida confusión hizo que Casa Enrique se convirtiese en el actual Vía Rápida. «Un día chegou o comerciante da antiga empresa Álvarez para venderlle o menaxe para o restaurante e cando xa o tiña encargado preguntoulle ao meu pai que nome tiña o bar. El contestoulle cunha frase que usa moito e díxolle que había que buscar un pola vía rápida, que é unha expresión que colleu cando boxeaba en Venezuela e que usa para todo. O comercial debeulle entender mal, porque ao cabo do tempo chegou un paquete cos pratos e coas tazas destinado ao restaurante Vía Rápida. Ao meu pai costoulle darse conta que era para el, pero así lle quedou o nome», cuenta Ricardo, justo antes de aclarar que la afición por el boxeo nunca se convirtió en algo profesional. «Ía ao ximnaxio e boxeaba de cando e vez, pero deixono cando lle rompero o nariz. Comprendíu que non quería levar máis golpes», dice con humor.

A ese pasado deportivo de Manuel se refirió su tocayo, el escritor Manuel Rivas en su libro Un espía en el reino de Galicia . En uno de los capítulos, titulado Galicia contada a un extraterreste , Rivas cuenta que Manuel, «fue boxeador en Venezuela. A los clientes les trata de intelectuales, sea cual sea el oficio. Si un día vienes, con tus orejas puntiagudas y tus ojos de pez, de gran angular, el señor Ricardo te dirá con toda naturalidad: ¿qué le pongo, señor intelectual?»

Hoy es más que probable que hasta en el espacio exterior conozcan al Vía Rápida, un local que en pocos años se convirtió en un clásico y cuya situación, al borde de la AC-552, lo convirtió en parada obligada. Igual que el Salón Caribe, otro negocio que Manuel Álvarez abrió también en los años setenta. Durante muchos años, el Caribe (el nombre, esta vez sí, hace referencia al pasado venezolano de Manuel) fue, además del lugar elegido para celebrar todo tipo de fiestas, una especie de casa da cultura o local social, ya que acogió numerosos mítines -«de todos os partidos»-, charlas y homenajes. En Caribe estuvo incluso Adolfo Suárez antes de las elecciones de 1977, cuando fue elegido presidente del Gobierno.

En el Caribe se celebraba también la tradicional comida del Pilar, en la que María Canosa, experta cocinera, deleitaba con sus platos a los miembros de la Guardia Civil. «Agora seguimos facendo cousas alí, pero máis pequenas, porque as grandes celebracións eran un lío», reconoce Ricardo, que en los noventa abrió el Mehari, uno de los pubs más veteranos de la Costa da Morte. El nombre -significa camello de montura- fue elegido al azar, «abrindo un diccionario». Fue, como el Vía Rápida, una casualidad, pero ambos son ya clásicos en la comarca.