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M ientras los japoneses demuestran cada nuevo amanecer que son una sociedad en la que su profunda conciencia colectiva y la ayuda mutua los sacarán del lodo una vez más, por este lado del mundo presenciamos una mascarada atómica, con protagonistas de diferentes ideologías y países: Angela Merkel, el comisario europeo Günther Oettinger, Sarkozy, Durão Barroso, Trinidad Jiménez,... tertulianos frívolos o medios de comunicación desorientados.
La señora Merkel, derrotada en las últimas elecciones regionales, ha actuado con un oportunismo partidista propio de aquel Zapatero de los buenos tiempos. La canciller de un país con un fuerte movimiento antinuclear está temerosa de una derrota dentro de un par de meses en otros dos Länder. Así que ha decretado la paralización preventiva de siete centrales nucleares. Lo ridículo es que hace unos meses había acordado lo contrario: una moratoria para que siguieran operando.
Su compañero de filas en la derecha alemana, el comisario de Energía de la UE, motivado por idéntico oportunismo político que el de su jefa de filas, multiplicó la alarma mundial al sentenciar en sede oficial que la crisis nuclear en Fukushima era el «apocalipsis». El señor Günther Oettinger negó dos veces la posibilidad que le dieron de rectificar, mientras su supuesto jefe, Durão Barroso, miraba para otro lado y callaba. No vaya a ser que Merkel se enfade y mande al presidente de la Comisión Europea de vuelta a Portugal, sin chófer ni coche oficial.
A pesar de lo transparentes que eran los intereses de Oettinger, medios de comunicación de toda Europa se sumaron en masa al advenimiento del catastrofismo planetario. Sarkozy y otros líderes europeos echaron leña toda la semana a los reactores de Fukushima, con declaraciones, decisiones y trabalenguas como el de Zapatero: «Vamos a asegurarnos más de que las centrales son seguras». En qué quedamos, ¿son seguras o no?
Ahora a las centrales nucleares se les van a hacer pruebas de estrés, como a los bancos. Mejorar y testar la seguridad siempre será bueno, pero que no lo vendan como si con un test se fuera a garantizar un imposible: el riesgo cero en una planta atómica.
Los políticos pusieron la mecha y el ansia por captar la atención del público de los medios provocó la detonación. El miércoles, después de definir como hecatombe apocalíptica la situación en Fukushima se quedaron sin adjetivos para los titulares del resto de la semana. Tertulianos cazarrecompensas comenzaron a exigir el cierre de todas los reactores en el mundo. Y al día siguiente, ¿qué renunciamos a enchufar? ¿La vitrocerámica? ¿El radiador? ¿El ordenador? ¿Cuánto subiría el recibo de la luz?
Casi la mitad de los 450 reactores nucleares están en Europa, la cual no disfrutaría ni por asomo del mismo desarrollo económico ni ofrecería la misma calidad de vida sin la aportación de la energía atómica. La realidad es cruda: los derivados del petróleo son contaminantes, caros y finitos, y las energías renovables todavía son incapaces de sustituir la aportación de la atómica.
Estaba cantado que el accidente causado por el maremoto en Fukushima iba a provocar un tsunami de demagogia en Occidente contra las centrales nucleares. Eso sí, al mismo tiempo, cargamos los aviones de guerra con misiles y bombas para hacernos con el petróleo y el gas de Libia. Cuando los tutsis y los hutus se mataban a miles en Ruanda no mandamos aviones. No había petróleo.