Calumnia


Hace unos días tuve la oportunidad de revisitar el gran filme de William Wyler, La calumnia (1931). Dos maestras (Audrey Hepburn y Shirley Mac Laine) dan clase a las niñas de una pequeña ciudad en su propia casa convertida en un acogedor colegio. La pronta boda de una de ellas perturba su relación ya que, por ello, podría cerrarse la escuela. En esos días, una alumna, una menor estúpida, perversa y caprichosa, se inventa que ambas maestras son lesbianas y cuenta a sus padres que ella misma las ve frecuentemente en situaciones que no dejan lugar a dudas. La calumnia se difunde y prende en terreno abonado. El colegio y las vidas de los protagonistas se sumergen cada cual en su propio infierno.

Y es cierto. La calumnia es un asesinato incruento. El linchamiento irracional y helado de un alma inocente. Quién la propaga es una persona deleznable, egoísta, soberbia y probablemente de corto intelecto y de gran maldad. Alguien a quien poco importa arruinar, abatir y asolar la honra de quien no hace otra cosa que sobrevivir contracorriente como a casi todos nos sucede.

Entre los políticos, la calumnia se da frecuentemente, pero estos están amparados por una piel de elefante de la que carecemos los ciudadanos del común. La calumnia es un arma helada que contamina el alma de quien la escucha y le da alas para que vuele como un buitre cruel sobre los tejados de la inocencia. Me quedo con la frase que resuelve el filme: «Cuando llego a ti con mi vida desplegada y tú la haces pedazos, lo menos que puedes hacer es concederme la oportunidad de salir con vida. La quiero y, si eres honrada, tendrás que dármela».

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