Ramón Romar: Mi circunstancia, el asma

Ramón Romar López CARBALLO / LA VOZ

CARBALLO

BASILIO BELLO

EN PRIMERA PERSONA | «Pasé la niñez de médico en médico con mi padre, y de santuario en santuario con mi madre», dice el vecino de Fornelos (Baio), escritor e investigador del pasado de la localidad

30 oct 2019 . Actualizado a las 18:37 h.

Cuando conocí la famosa frase de Ortega y Gasset «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo» decidí tomarla como lema. Mi circunstancia es el asma, que me obliga a convivir con ella y para ella, y mi obsesión es luchar para salvar «mi circunstancia».

Llegué a este mundo en Fornelos (Baio). Pasé la niñez de médico en médico con mi padre, y de santuario en santuario con mi madre. Fui a la Meiga de Baíñas con vecinos, para disimular que andaba metido en «meigallos», aunque lo hacían casi todos. Me sacaron «o aire» de mil maneras, unas con recetas caseras, y otras venía una pitonisa a casa o iba yo a la casa de otra. Me pusieron cataplasmas de linaza en el pecho. Tomé infusiones, aceite de hígado de bacalao o potingues, como agua de café en la que se desarrollaba un hongo que había cobrado gran fama.

Los fármacos eran poco eficaces, y de los médicos de aquellos años tengo malos recuerdos. Hay excepciones, como don Ovidio y don Braulio, médicos de Baio. Según me contaron, siendo muy niño, don Braulio, a la desesperada, decidió extraerle sangre a mi madre e inyectármela a mí, y viceversa. Debíamos tener el mismo RH, de lo contrario sería el fin para de los dos. Para «mejorar» del asma fui operado tres veces: una de un lipoma en la barbilla, otra de amígdalas y de sinusitis (estas dos últimas fueron contraproducentes).

Los médicos me recomendaron un clima soleado y seco. Sin contar con ellos, me fui a trabajar a Mallorca, donde hay más sol, pero al ser isla, la humedad es igual o mayor, y a los cuatro meses regresé. Como siguieron insistiendo en que debía probar un clima seco, pedí el traslado a Madrid por un año, a regañadientes. Y aquí me quedé.

Pasé dos tribunales médicos. En A Coruña me dieron una minusvalía superior al 33 %, y más tarde en Madrid -tenía que ser cuantificada- me dieron un 47 %.

Tuve períodos bastante buenos, pero en cuatro ocasiones fue, cuando menos, preocupante. El primero cuando la transfusión. El segundo cuando me operaron del lipoma. El tercero cuando me operaron de sinusitis; en estas fechas vine a los médicos a Madrid, y como nada cambiaba, el médico de empresa me propuso pasar a larga enfermedad, y no solo eso, también me recomendó comprar una guitarra y que fuera a vender historias. «Hay gente pa tó». La recaída más reciente fue a los 74 años, cuando la capacidad vital era «muy grave», y el diagnostico: «Asma grave control difícil, con EPOC». Me cambiaron la medicación por seis meses, y si no mejoraba había que instalarme oxígeno en casa.

Los médicos de la alergia, viendo mi historial alérgico y neumólogo, me propusieron participar en un estudio a nivel nacional. Me advirtieron de los riesgos que me suponía y de que los resultados serían a largo plazo. Acepté, y llevo cuatro años asistiendo al Hospital La Paz.

Con el cambio de medicamentos fui mejorando día tras día de manera exponencial. La capacidad vital pasó de «muy grave» a «grave». Cuando hice la última revisión les dije a los médicos que era un milagro. Quizá el milagro que soñaba mi madre hace 70 años cuando íbamos a los santuarios y dábamos vueltas alrededor de las capillas, ella de rodillas, y yo le daba la mano izquierda, con una vela de mi tamaño en la derecha.

Los fármacos actuales cambiaron totalmente la vida del asmático. Yo, con mi medicación diaria, puedo llevar un nivel de vida muy aceptable. Aprovecho al 100 % de mi escasa capacidad pulmonar para hacer mis ejercicios: media hora diaria de gimnasia, para la respiración y para las articulaciones (que a mi edad también duelen); dos días de natación por semana; camino todos los días entre 5 y 7 kilómetros; y si el tiempo no lo permite, hago bicicleta estática.

A día de hoy, 25 de agosto de 2019, día que cumplo 79 años, puedo asegurar que he salvado mi «circunstancia», y me he salvado yo. Y como además mi circunstancia me dio tiempo para pensar, recordar e investigar, ahora me dedico a escribirlo.

«Vine al mundo un 25 de agosto de 1940. Hacía el número cinco de los siete hermanos que fuimos Ese año nos bautizaron en Baio a cuarenta niños. Todo un récord, según decía mi tío José. Hay que tener presente que la guerra civil había terminado en abril de 1939», narra, con sorna, el investigador de historias y escritor de Fornelos Ramón Romar en su libro «Ancestros y vivencias». Recientemente viene de publicar la segunda parte, la continuación de esas historias del pasado en las que, con los años, se ha especializado en investigar y explicar.