Entre los barcelonistas siempre ha reinado el pesimismo. Va tatuado en el ADN: Berna (1961), Sevilla (1986) o Atenas (1994), por citar tres ejemplos. Por el contrario, el madridismo rezuma optimismo, superioridad. Y si el juego no acompaña, siempre queda la heroica, el espíritu de Juanito, el minuto 93 y las 15 copas de Europa. Y aunque los de Hansi Flick han demostrado una gran superioridad en los dos últimos años, al culé siempre le asaltan las dudas hasta que la calculadora lo tranquiliza.
Un final de liga inmaculado para los azulgranas no golpea lo más mínimo a esa aura de grandeza que siempre se respira en Valdebebas. Prosiguen con el discurso del sí se puede y que la liga es posible, pese a los once puntos de diferencia.
El 22 de abril, el Barça ganó por los pelos a un gran Celta en el Camp Nou. La distancia con el eterno rival se mantenía en nueve puntos, pero Lamine Yamal se rompió tras anotar el penalti decisivo. Surgió de nuevo el runrún: sin el 10, sin Raphinha y con Lewandowski con la pólvora mojada... Y el Real Madrid, con toda la artillería pesada.
Arrancó así el cuento de la lechera en la capital. El Barça tenía que visitar Getafe y Pamplona antes del Clásico. En el Paseo de la Castellana solo se hablaba de remontada. Daban por hecho que el Barça saldría derrotado del Coliseum y del Reino de Navarra, que el Madrid ganaría sus dos compromisos, frente al Betis y el Espanyol, y que daría la puntilla a los de Hansi Flick este próximo 10 de mayo en el Camp Nou. De ahí a la celebración en Cibeles solo quedaba un paso. El Barça hizo los deberes, y aún así, y hasta que las matemáticas no digan lo contrario, el culé siempre optará por la precaución. Por lo que pueda pasar.