El paso de la Vuelta a España por la zona, que recorrió apenas dos kilómetros de territorio de la Costa da Morte, ha dado para mucho. Para que vecinos de la zona e incluso turistas llegados del otro extremo del mundo viesen, en muchos casos por primera vez, lo que es una carrera ciclista con un buen puñado de los mejores corredores del mundo. Para que las imágenes de la cascada de O Ézaro, del monte de O Pindo o de algunas playas como la de Carnota llegasen a más de 190 países. Dio para que sindicalistas de la empresa Seaga se quejaran por sus condiciones laborales y para que un showman como el vimiancés Juan Gimel, esta vez con menos éxito que el 2012, protagonizase su frikada sobre una bicicleta estática.
Para lo que no ha dado -al menos de momento, aún pueden asomar- es para que los todólogos empiecen a disertar, con el conocimiento de causa que lo harían Friedman o Keynes, si se ha gastado mucho o poco o si vale la pena invertir en algo así, cuando sigue sin erradicarse el hambre en el mundo. Parece que los resultados turísticos de los últimos años, que escuchando a muchos de quienes nos visitan se ve claro que los ha influido la Vuelta, le dan la razón a los políticos y empresarios que se empecinaron con la idea cuando tantos la veían descabellada.
Ahora bien, con todo ese bagaje más o menos consensuado, queda una pregunta central: ¿Por qué ninguno de los ciclistas del pelotón sabe lo que es dormir en la Costa da Morte, salvo que lo haga en sus vacaciones? La respuesta indica todo el camino que todavía queda por recorrer.