EN PRIMERA PERSONA | «Pocos saben que dediqué 10 años a investigar sobre arte religioso», escribe la doctora en Historia del arte y experta en redes sociales, Eva Añón
29 abr 2018 . Actualizado a las 05:00 h.Creo no equivocarme si digo que muchos gallegos, aunque vivamos fuera, seguimos pensando que vivimos en nuestra tierra. Parece que llevamos genéticamente tatuada la fortísima emigración que sufrimos en otros tiempos (y algunos más cercanos), y por eso sufrimos, como nadie, de esa «enfermedad» llamada morriña. En realidad, yo no soy una gallega típica. Con esta pinta de alemana rubia, con ojos azules (herencia de mi madre Florinda), soy casi más «vikinga» que gallega. Aunque donde vivo ahora, me confunden con alemana. ¡Y se sorprenden de lo bien que hablo español! Tampoco me considero muy «morriñenta», posiblemente porque puedo ir a casa regularmente y porque, no nos engañemos: no echo mucho de menos la lluvia y la falta de sol. Pero mi tierra, es mi tierra.
Vivo en Palma de Mallorca desde 2003. Sí, pero cuando me preguntan de dónde soy, siempre digo: «Soy de Laxe». Y lo soy. Me crie en Cabo da Area, jugando entre el monte de Lourido, la aldea de mis abuelos (Serantes) y la playa de Laxe. ¡Ay, la playa de Laxe! Cuando cierro los ojos y me vienen «las ganas de casa, la morriña», pienso en ella y me imagino paseando, sentada en las rocas, mojándome los pies, mirando al mar… No hay visita a Laxe que haga sin pisar la arena de la playa.
Es de las más bonitas de Galicia, con su arena blanca y fina. Me vienen recuerdos de infancia con largos días de sol, con mareas bajas de arena mojada brillante jugando en las pozas de las rocas. En esa época los niños nos criábamos al aire libre, en plena naturaleza y sin más peligro que una caída fortuita. Esa infancia viviendo prácticamente en el arenal es la causante de que sea «muy de mar y poco de montaña».
Pero hay otros lugares de la Costa da Morte a los que tengo especial cariño, ganado gracias a muchas vivencias, como se tiene que ganar el cariño: con visitas, recuerdos, experiencias… Pocas personas saben que yo dediqué 10 años de mi vida a investigar sobre arte religioso en los municipios de Muxía, Camariñas y Vimianzo realizando una tesis doctoral que defendí en la Universidade de Santiago en 2007.
El verdadero fin del mundo
Para aprender sobre el arte de esas iglesias, hacer fotografías con todo detalle de las obras, quedar con los curas para poder consultar los libros de fábrica y la documentación sobre los autores de los retablos, esculturas, orfebrería, etc. me tuve que recorrer el territorio muchas, muchas veces. A veces por mi cuenta, otras con la compañía de mis padres, José Luis y Florinda, y muchas con mi tía Carmiña que nunca decía «no puedo».
Gracias a aquella etapa de mi vida, conocí algunos lugares que me gustaría mencionar, como Touriñán: esa gran desconocida que se queda siempre en segundo plano por la fama de Fisterra. Recuerdo como si fuese ayer lo que exclamé en voz alta la primera vez que fui: «Esto sí que es el fin del mundo». Llegar a ese faro en pleno invierno (¡con lo que cuesta llegar!) y ver esa costa, esos montes… te convences de ello. Y… ¡qué puestas de sol! Ver cómo finaliza el día en Touriñán es algo que hay que experimentar una vez en la vida. En silencio. Nada tienen que envidiar a otros atardeceres de nuestra tierra.
¿Y Nemiña? ¡Qué decir de Nemiña! Otro gran descubrimiento para mí en aquellos tiempos: un arenal entre bosques y campos de maíz con esa iglesia románica que parece una maqueta. Sinceramente, los gallegos tenemos muchos motivos para sentirnos felices y orgullosos de nuestro patrimonio artístico y paisajístico.
La costa que rodea el santuario de la Virxe da Barca en Muxía, es otro lugar que me gusta «saborear» de vez en cuando. Cuántas tardes vividas allí mirando al mar, haciendo fotos, sintiendo el viento… y sabiendo que, a mi espalda, tenía el retablo más importante de mi investigación: el antiguo retablo mayor del santuario, obra de Miguel de Romay de 1717, que yo conocía muy bien y que se quemó aquella fatídica Navidad de 2013. Leí la noticia en este diario y confieso que se me cayeron las lágrimas… ¡Qué gran pérdida! Desde entonces ya nada es igual. Voy a Muxía pero… ¡me da tanta pena!
Termino este breve recorrido haciendo alusión a la aldea de la O en Muxía, «A On», como dicen sus vecinos, que me llamó mucho la atención. Hace tiempo que no voy, pero de allí me llevé una lección práctica importante sobre poblamiento disperso y escasez de infraestructuras. Esa fue la primera vez que vi que los habitantes podían vivir perfectamente sin tienda ni supermercado, sino que una furgoneta les llevaba lo que necesitaban determinados días a la semana. Impensable para una fan de la tecnología como yo, pero corroboraba los relatos de infancia de mi madre y mis tías. Y ¡qué bonito ver cómo se conservaba la esencia de una auténtica aldea gallega! Con sus «corredoiras», sus gentes conversadoras, las vacas en el campo, los carros… escenas que ya nunca se repetirán.
En mi última visita a Laxe nos acercamos a la Iglesia románica de Moraime con mi hermana Reyes y mi marido Juan para ver la restauración de las pinturas de la iglesia (¡Qué falta les hacía!), en la que mi prima Marién, la conservadora y restauradora de la familia, trabajó intensamente y con tanto cariño. Al regreso nos perdimos porque quisimos probar otros caminos. Nos pegamos un recorrido de una hora por aldeas de noche para volver a aparecer en Chorente, cerca de Moraime. ¡Y yo que pensaba que conocía la zona!
Un caldo «quentiño»
Mi marido, que fue médico de Familia en Galicia, nos recordaba durante aquel recorrido por aldeas, que Galicia es el único lugar del mundo donde las indicaciones en carreteras incluyen postes de luz y contenedores de basura («gira en el contenedor y cuando veas el tercer poste de luz, a la derecha»), pero también el único sitio donde te ponen un plato de caldo «quentiño» cuando llegas a la casa del paciente. ¡Tenemos en la Costa da Morte tantos y tantos rincones por descubrir y disfrutar! Yo los disfruto en la memoria. Y, cuando voy a casa, hago recorridos a un lado y a otro para disfrutarlos in situ y grabar interiormente muchas imágenes, olores y sensaciones que me duren hasta la siguiente visita. Espero que sea pronto.