Centener y medio de personas disfrutaron el viernes de una cena medieval al pie de la vieja fortaleza de los Altamira como preámbulo del Asalto ao Castelo de anoche
04 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Vimianzo ha encontrado en el saco de la historia un motivo para reverdecer su sentimiento colectivo. El castillo fue escenario de grandes gestas, revueltas y aun tragedias. Ahora es un espacio adecuado para revivir todos aquellos acontecimientos, divertir a vecinos y visitantes y para la promoción turística. Ayer se celebró el Asalto ao Castelo, pero el viernes por la noche la fortificación acogió una cena medieval como preámbulo.
Los irmandiños consumaron su osadía y se establecieron a los pies de la vieja fortaleza de los Altamira para cenar y disfrutar de la noche debajo de los carballos. Si aún viviese Bernal Eáns de Moscoso no actuarían con tanta placidez. Seguro que los echaba de allí de muy malas maneras y con consecuencias muy graves para su integridad física.
Bernal Eáns fue un caballero bravo y violento que se llevó al arzobispo de Santiago Alonso II de Fonseca preso por barbas hasta Vimianzo y lo tuvo colgado de una viga del castillo dentro de una jaula. El clérigo era buen un pájaro, pues antes había intentado quedarse con el obispado de Sevilla que le pertenecía a un tío suyo que había venido a Santiago. De ahí aquello del que se fue de Sevilla perdió su silla.
El caso es que centenar y medio de vimianceses se sumaron al banquete. El convite estaba para las diez de la noche, pero como todos estos acontecimientos el acto se retrasó un poco. Suerte para los rezagados, que pudimos vivir todo el acto desde el principio. Para empezar, los comensales portaban vestimentas apropiadas para la ocasión: jubones, túnicas, capas, almexias y lo que podían. A unos se las alquilaban la organización. Los demás, sobre todo algunas mujeres, se las ingeniaron por su cuenta y así se podían ver bustos esbeltos y torsos finos gracias a conjuntos pacientemente elaborados.
Pregonero
Cuando todo el mundo había ocupado sus asientos, sonó la marcha del antiguo reino de Galicia y, a su término, salió el pregonero, Juan Miguel Rama, muy bien adornado, y entre bienvenidas y similares proclamó el menú, que pronto se hizo presente en las mesas. Bajo la luz de las velas y de los focos de la fortaleza lo primero que degustaron los comensales fueron unos chorizos y empanada, de buen sabor y abundante. Y como en toda cena medieval, entre plato y plato, un bufón, un trovador y el pretendiente de una reina con barba de un par de días entretenían a los comensales. «De non ser vos miña señor», le decía el juglar a la dama.
Seguidamente llegó a las mesas el jamón asado con setas, una buena ocasión para chuparse los dedos, porque, entre otras cosas, había que comer con las manos. Salen de nuevo Miguel Rama, Luis Miguel Antelo y Marcos Graíño, o sea bufón, trovador y pretendiente, respectivamente, mientras se prepara el nuevo plato. Y los soldados se iban llevando uno a uno por su atrevimiento con la reina, que, desdichada de ella, lamentaba: «Quen encherá agora este oco vital». Risas. «Gardas a min», requería la dama, que fue representada por Damián Espasandín.
Raudos los organizadores servían las viandas mientras el personal vivía con cierto romanticismo la cena, a la que apenas asistieron autoridades. La presencia oficial se limitaba al edil de Cultura, Antonio Miñones, y al vocal de la oposición, Manuel Antelo, que este año formó parte de las huestes irmandiñas.
De postre, filloas y galletas. La noche ya había avanzado y algún que otro comensal ávido de café desapareció unos minutos. Al poco tiempo ya estaba de vuelta. «Unha bebida tan tropical non casa cunha cea medieval», dijo alguien.
Eran las dos y cuarto de la madrugada y llegó la queimada humeante. Fue muy bien recibida por muchos de los presentes. El fresco de la noche empezaba a hacer mella en los huesos de más edad. Los demás la tomaron sin disculpa alguna. Al tiempo se iban formando grupos que cantaban al son de una guitarra. Se escuchaba de todo, piezas de Sabina, La Guantanamera e incluso rancheras. La juerga continuó hasta que el cansancio rindió a todos, pero el fantasma de Bernal Eáns no apareció en ningún momento, ni parece que se haya molestado por la celebración.