e lo divino y de lo humano. De sus virtudes y de sus defectos. De sus momentos estelares, hasta deslumbrantes (la primera media hora del partido) y de sus pájaras mentales y físicas, hasta caer en la más estricta vulgaridad, de un equipo demoledor a otro que pierde el norte y la posesión implacable sobre el contrario en un santiamén. Las dos caras de una moneda en un derbi intenso como pocos, de altísimo ritmo competitivo y tan disputado como emocionante. Donde todos los actores se dejaron la piel en una muestra inigualable de profesionalidad y entrega a unos colores. El Lugo dio un paso más hacia un título cada día más cercano, pero suficientemente lejos como para no decaer en el esfuerzo si no quiere verse alcanzado por unos perseguidores, sobre todo el Real Madrid B Castilla, que ostenta el récord de diez victorias y un empate en los últimos once partidos. Coincidiendo con la llegada de Toril al banquillo de Valdebebas.
Pero a lo que iba. El Lugo estrenó sistema táctico con el retorno al clásico 4-4-2, dando un paso más al frente Quique Setién en el sentido ofensivo, y jugando con dos arietes natos, Ballesteros y Azcorra, quedando clara la compatibilidad de ambos. Precisamente, fue Ballesteros el que nos recordó, por partida doble, que fue la clave para desatascar la telaraña de José Ramón, y que su oficio sigue siendo el gol, pese a la inactividad reciente. Una presión tímida visitante, a partir de la divisoria central, le permitía la salida fácil del cuero a Belfortti. Aprovechó ese espacio el argentino para conectar con el mariscal de campo, Carlos Pita. Lo demás lo hizo a la perfección el coruñés con su calidad, a balón parado y en movimiento. Ballesteros puso la firma. Pero los fantasmas regresaron a un Ángel Carro eufórico y bullanguero, aprovechando la clásica pájara Jorge Cano para recordarnos que aún quedaba mucha tela por cortar. Quedaba todo el segundo tiempo para sufrir, porque al Lugo le entró el pánico otra vez y la puntilla para matar el partido, reincidiendo en sus clásicos defectos de arriesgar demasiado en las cesiones atrás y no buscar decididamente los contraataques. Hasta que Monti cerró con un misil el derbi en el minuto 86. Estalló de alivio y júbilo un público tan sufrido como entregado. El Montañeros retrató a la perfección todas las caras de un líder, que va para campeón, si él mismo no se suicida.