Según cuenta la prensa, en Uruguay han nacido nueve ovejas con una característica que las hace muy peculiares; al parecer, los animales adquieren un brillo verde fluorescente cuando se les ilumina con luz ultravioleta. Investigadores del prestigioso Instituto de Reproducción Animal han señalado que las ovejas fluorescentes son fruto de la manipulación genética y que, a simple vista, no se distinguen de sus pares no transgénicos. ¡Cómo mola!
No dudo de la importancia del hallazgo ni de sus posibles aplicaciones futuras, pero mi interés en la cuestión se centra en los posibles usos que para el maltrecho sector agrícola y ganadero gallego podría tener la fluorescencia de nuestro ganado vacuno. Para empezar, y dejando a un lado que una rubia gallega fluorescente tiene que ser algo impresionante, podríamos celebrar ferias nocturnas incorporando así a los jóvenes al sector. Una vaca fluorescente aporta además valor añadido, ya que cada granja podría identificar a su ganado con colores diferentes sabiendo así, por ejemplo, si el propietario es del Lugo o del Deportivo, o si el animal procede de A Limia o de la Terra Chá.
Sin embargo, creo que la principal ventaja de la aplicación de este logro científico es que permitiría que las autoridades correspondientes visualizaran así nuestra cabaña de vacuno y se enteraran de lo que está ocurriendo. Según los datos publicados, correspondientes al año 2012, la práctica totalidad de las áreas productivas del sector primario gallego despidieron el ejercicio con pérdidas generalizadas, como consecuencia de las caídas de precios en origen y del fuerte incremento de los costes de producción. En el caso de las explotaciones de leche, esta situación es especialmente grave, ya que supuso que en el último año cerraran en torno al 8 % de las granjas.
Si lo piensan, con la aplicación de esta nueva técnica, cerca de un millón de cabezas fluorescentes pasearían por el país y nuestros campos serían como la Gran Vía madrileña en una noche de sábado, algo así como una Santa Compaña bovina a la que alguien tendría que prestar atención. Además, el negro panorama del sector, en el que el ministro responsable del ramo ve «un futuro extraordinario», pasaría a tener algo de color.
Desde cerdos hasta moscas, pasando por ratones, sapos o medusas, el fenómeno de la fluorescencia no para de crecer, ¿por qué no intentarlo con nuestras vacas? Si les parece una idea descabellada piensen que el citado ministro ha propuesto ducharse en agua fría y comer yogures caducados. Yo, desde luego, lo tengo claro: me seduce la idea de ver a Gallarda y Chenoa de fucsia fluorescente por los campos de Triacastela.