De Perogrullo también se sacan soluciones. Lo difícil es convertir la teoría en realidad. Sabedor de sus limitaciones, Setién, desde la grada, supo domar a sus hombres para que cumpliesen a rajatabla su fórmula: no encajar y rentabilizar las ocasiones. Dominar tal perogrullada significó sacrificio y esfuerzo, disciplina espartana. El Tenerife se vio maniatado en el cuarto de hora inicial. El Lugo controlaba y se conformaba: rondo hacia atrás, acabar en Dani Mallo y vuelta a empezar. Hasta que los locales comenzaron a explotar su fútbol técnico y desnudaron las debilidades que ofrecía la banda izquierda, con Manu desbordado por Santana y sus centros buscando la testa de Aridane. Que casi acierta con un balón que rozó el palo. Al Lugo de esos minutos le salvó la inoperancia de su oponente. Luego, hasta el descanso, recuperó el control, sin llegadas. El Tenerife quemó las naves en la reanudación. Buscó el fútbol directo, a Aridane. Pero llegó la jugada clave: minuto 61 y Aitor Sanz ve la segunda amarilla. Quique va decididamente por el triunfo. Sale Sandaza por un agotado e intrascendente Iago, y resucita Pablo Sánchez. Las ocasiones se suceden ante Aragoneses y el Lugo domina, hasta que Sandaza ejecuta al meta aprovechando un despeje corto de este. Un asistente se inventó un fuera de juego para anular un mano a mano de Pablo Sánchez. Daba igual, porque los lucenses hicieron su trabajo: poner el candado entre los tres palos de Mallo, y esperar. Fórmula tan certera como perogrullesca: no encajar y marcar algún gol.