El Lugo ha caído en una profunda depresión de identidad, marcada, sobre todo, por el haraquiri de los regalos defensivos individuales y a veces colectivos. Además, el equipo sigue acusando una preocupante carencia rematadora, lastrado por la inusitada y prolongada ausencia de su máximo realizador, Rennella, sobre la que el equipo médico mantiene un inexplicable y prolongado silencio. Creo que una explicación o comunicado a estas alturas no estaría de más.
Otro fallo individual inaceptable, esta vez en los pies de un distraído Seoane, le permitió a Toti abrir la lata de Mendizorroza. El Alavés salió enchufadísimo por su ubicación de semicolista y ejerció una presión asfixiante desde el inicio hasta el final, sin apenas tregua. El Lugo no la pudo superar y, cuando lo hizo con cuentagotas, le faltó la tradicional pegada. Sandaza fue demasiado llanero solitario, en un once inicial renovado en la pareja de centrales, portería y hasta Juanjo como inhabitual enganche. Pero el equipo apenas pudo desarrollar su juego, con marcador adverso incluido, ante un rival acomodado al marcador y con pocas ansias de riesgo. El Alavés vivió de los fallos del Lugo y resucitó gracias a los mismos. Porque incluso volvió a superar el empate de Sandaza en el descuento, en otro ingenuo regalo postrero de Manu por juego peligroso. La falta volvió a resultar fatídica para los intereses del Lugo, que reincidió en hacerse el haraquiri por cuarta jornada consecutiva sin ganar. Esto hay que hacérselo mirar.