Los cambios nos provocan no pocas reacciones en nuestra mente. Nos inquietan por el posible efecto transformador que puede alterar lo cotidiano. Pero también puede suceder lo opuesto, que sea una oportunidad que nos inspire y nos haga reflexionar.
Mi escuela de la vida ha sido el fútbol. Ingresé en este espacio tan maravilloso apenas con diez años y el aprendizaje, las enseñanzas que he obtenido de él, lo he llevado siempre a mi vida personal y profesional. Ha sido siempre mi espejo. En qué reflejarme en los buenos momentos y en los regulares. Cómo enfrentarme a los cambios, pero también a las dificultades y cómo discernir un problema de una circunstancia a resolver.
El vestuario del CD Lugo está viviendo el cambio de entrenador. La consecuencia de ello es la transformación interna que vive cada una de las personas que habitan en él. He podido identificarme con ellos e intuir el comportamiento y el proceder en este sensible momento. El resultado del pasado domingo, un triunfo tan necesario como tranquilizador, podría ser el resumen en mi opinión poco consistente del simple relevo de una persona. Lo que percibí fue la reacción individual y que desencadenó una sacudida colectiva.
El contexto obliga a una llamada de atención que afecta de manera inmediata a un incremento de energía, a elevar la tensión y en aumentar cada uno de los futbolistas una mayor firmeza y contundencia en cada una de las acciones, independientemente del espacio del terreno donde estuviera el juego.
En un equipo con talento, con calidad individual contrastada, igualar con el adversario cuanto menos la intensidad en cada acción mejora tus posibilidades de éxito. Creo que el trabajo individual y colectivo en defensa fue la clave de la puesta en escena del equipo, aunque suene contradictorio en un equipo hecho para tener el balón y ser protagonista. Perfectamente complementario en mi opinión porque si demuestras ser un equipo defensivamente compacto y sólido, ese efecto se contagia con balón y serás tan agresivo cuando tengas su posesión como cuando lo pierdas.
Como todas las cosas, esto tiene una trampa. Julio Díaz, mi eterno entrenador lo llamaba efecto gaseosa. Dicho efecto consistía en el impacto que producía en un jugador y en un equipo un cambio de dirección o circunstancia. Esto provocaba un incremento de energía, una mayor determinación en cada una de las acciones y una mayor concentración en la tarea encomendada. Con el tiempo, todos estos efectos pueden perder fuerza al normalizarse la situación o por descuidar el trabajo específico que ayuda a mantener la tensión competitiva.
Así que es importante mantenerlo en el tiempo, además de entrenar todas las variaciones técnico-tácticas que pueda incluir el nuevo cuerpo técnico. Ese es el reto, que el contagio sea masivo y que su efecto no se rebaje. Defender con pasión, atacar con decisión.