Un paseo por tierras de la condesa

RUBÉN VENTUREIRA A CORUÑA

A CORUÑA

XOSÉ CASTRO / CÉSAR QUIAN

El lugar donde se ubica el almacén de coches fue feudo de una aristócrata, conserva un reloj romano y sufre un río contaminado Hay en la ciudad lugares a los que muchos coruñeses sólo llegarían guiados por un buen callejero. Están ahí a lado, tan cerca en la distancia como lejanos en la memoria. Uno de ellos es El Martinete. Los más jóvenes creerán que así se apoda el próximo rival de Planas, «o noso» campeón de «kick boxing». Y los más veteranos sólo lo situarán si se les dice que es ese paraje que hay entre El Birloque y Pocomaco. En la era digital, un reloj romano sigue marcando el tiempo en El Martinete. Quizá por ello no corren las manecillas del progreso. «El Ayuntamiento se ha olvidado de nosotros», se queja un vecino de este olvidado lugar, de rica historia y en tiempos feudo de toda una condesa

28 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

. Los más viejos del lugar aún recuerdan los tiempos en los que pagaban «75 pesos anuais por 55 ferrados de terra» a la condesa de Priegue, Elena Ozores Miranda, poseedora de un puñado de terruños del lugar. La noble, que vivía en la Ciudad Vieja, falleció el pasado año, mucho tiempo después de haberse desprendido de aquellas tierras rurales. El río da Cabana llaman los vecinos al que en realidad es un afluente del Monelos que tiene su origen en el lugar de Castiñeiras y atraviesa raudo El Martinete, en parte canalizado, antes de morir en Ponte da Pedra. El regato parece el arco iris. «Baja de todos los colores. Azul, rojo, verde, amarillo... Ya hemos advertido al Seprona, pero por ahora todo sigue igual», se queja Guillermo Díaz, reivindicativo vecino de que en tiempos formó parte de la asociación vecinal de El Birloque, con jurisdicción en El Martinete. El agua es la frontera Es el agua la frontera, la que divide el Martinete este del oeste. Es más vetusto el primero, en el se alzan casas de piedra que han visto correr siglos de agua. Allí encontramos un pedrusco sobre el que sobresale un pedazo de metal, «un reloj romano», detalla un hombre canoso. A su lado, una casa cuya planta baja esconde quizá el misterio del nombre del lugar. Vayamos al diccionario: un martinete es una máquina, movida por agua, que se sirve de unos mazos de madera para batir paños de lana y para moldear hierro. Se sospecha que en esa vivienda, situada a la vera del río, trabajó siglos atrás el martinete que bautizó la zona. El oeste es más ciudad, aunque un precioso hórreo -que un día se quiso llevar piedra a piedra, y previo pago, un madrileño- hace un guiño al pasado. Presiden esta vertiente tres nuevas urbanizaciones que han atraído a la zona a parejas jóvenes, de esas que huyen del carísimo suelo céntrico. También a este lado encontramos el tanatorio de los hermanos Pardo, vecinos de la zona que han dado movimiento al lugar con este negocio. La muerte. Cuántos vecinos temen encontrársela el día en que se estrelle contra una casa que se adentra en la carretera «un camión de la Campsa lleno», uno de los muchos que pasan por este punto en dirección a Pocomaco. «Ese día volaremos todos», se indigna Díaz, que lleva años pidiendo la supresión de ese tapón. Muchos son los coches que se han estrellado contra esa vivienda deshabitada. Y más que se la darán ahora, con lo que crecerá el tráfico rodado debido a la presencia del depósito de la grúa. Los vecinos aprovechan la coyuntura, la llegada de este nuevo vecino, para pedir que mejoren el asfaltado, supriman ese tapón y se construyan aceras. Y de paso, y desde el anonimato, ruegan que alguien pare los malos humos que llegan del colindante lugar de As Rañas, donde hay un poblado chabolista. «Queman de todo y no hay quien respire», susurra un vecino. Además, hacen sus necesidades en el monte, «como hace siglos». El pasado, siempre presente en El Martinete.