JULIÁN CARRILLO CRÍTICA MUSICAL
31 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.El ciclo de lieder de Schubert programado para la presente edición del Festival Mozart me sugiere ante todo la imagen de la estabilidad y seguridad que proporciona un buen trípode, unida a la amable sensación de redondez, de algo bien rematado inherente a un conjunto de tres circunferencias tangentes entre sí. Swanengesang, Diescöne Müllerin y Winterreise son los tres hermosos pies en que se basará el redondo triángulo de recitales schubertianos, programado a lo que se ve con sólidos intérpretes. El pasado miércoles 23, los trece lieder de El Canto del Cisne, agrupación más que ciclo de los últimos lieder del vienés, fueron desgranados al piano por el magnífico liederista Rudolf Jansen, en una lección de lo que debe ser el co-protagonismo del mal llamado acompañamiento. Andreas Schmidt supo rentabilizar con su impecable técnica los recursos expresivos de la obra y de su voz, quizás no en su mejor momento, pero con pleno dominio de la dinámica y una minuciosa vocalización, podría utilizarse como clase de fonética alemana. El lunes 28, Wolfgang Holzmair cantó las veinte piezas de Die schöne Müllerin sin descanso, en una apabullante demostración de poderío vocal en que su voz, en plena lozanía, recorrió toda la gama de expresión y sentimientos contenidos en el ciclo. De tal forma expresó Holzmair, que a lo largo del recital me fue imposible zafarme de las imágenes visuales que continuamente me iba sugiriendo con su canto. Cooper hizo su parte correctamente, pero con algún desajuste e impureza tímbrica, tal vez debidos al uso algo impreciso de los pedales. Wolfgang Holzmair, barítono. Imogen Cooper, piano. Schubert, Die scöne Müllerin, D 795.