VIGOR

La Voz

A CORUÑA

21 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay en el cuarto acto del Don Carlo verdiano una escena en la que el infante le dice a su amigo Rodrigo: M¿abbandonò il vigore . Pues eso mismo parece que le ha ocurrido a Frans Brüggen. El vigor parece haberle abandonado, a juzgar por las lecturas, faltas de brío (salvo que éste se confunda con la velocidad inusitada que imprimió a las últimas partes del Réquiem mozartiano), de tensión, de luz, que ahora nos ha dejado este director. El empeño historicista , del que Brüggen es uno de sus principales valedores, exhibe entre sus méritos el de rescatar obras olvidadas del pasado. Claro que a veces, como ha ocurrido ahora con la Sinfonía fúnebre , de Kraus, lo que se demuestra es que el tiempo tenía razones sobradas para correr un tupido velo sobre éstas. Qué pobreza de ideas. Compárese este obrita con la Marcha fúnebre de la Sinfonía heroica, de Beethoven. En fin. Tocar con instrumentos de época (los compositores siempre han hecho todo lo posible por disponer de instrumentos cada vez mejores, en ocasiones, inventándolos) tiene el inconveniente de la afinación, no siempre precisa, en algunos casos una auténtica tortura, como ocurrió en el Tuba mirum del Réquiem , donde, además, casi no se oyó al barítono (discretísimo cuarteto vocal). Brüggen se mostró caprichoso en la elección de los tempi : pasando de una lentitud exasperante al principio a una rapidez injustificada al final (¿se le iba el avión? Una versión, más que personal, caprichosa. Lo mejor el coro, en sus voces femeninas. Festival Mozart. Orquesta del siglo XVIII.