Las vendedoras se quejan de la iluminación, que da al producto un aspecto poco fresco, y se felicitan por la llegada de nuevos clientes y la fidelidad de los de siempre
25 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.El efecto Prestige es historia. Ahora el problema del pescado es que «está feo». Mejor dicho, que lo hacen feo. No es culpa de mamá y papá merluza y, tranquilos todos, tampoco hay que atribuir esta súbita falta de hermosura a los efectos mutantes del fuel. La culpa es de la luz. El mercado provisional está mal alumbrado, claman las pescantinas. «O peixe é bo, ben bonito que vén, che fala sete idiomas do bo que é, pero está feo», detalla Luisa Campelo. «La luz que nos han puesto aquí es mate, y no le favorece nada. Parece que está pasado», añade Mónica Balado. «A unha compañeira -relata Campelo- acaban de deixarlle plantada unha pescadilla. A tiña vendida, pero... E todo é pola luz». «Fala con ela», pide al periodista. La situación, ahora que Campelo me recuerda Hable con ella , es un tanto almodovariana . En este mercado provisional (por cierto, tiene chicha el término, pues vivirá tres años) hay un problema de tonos. No es cuestión baladí la del tratamiento del color, y lo sabe Campelo tan bien como Almodóvar. La merluza y Leonor Watling, que es un cisne, necesitan un buen alumbrado para triunfar. Sangrante exhibición Hay dudas entre los clientes. Por ello, Carmen Regueiro abre a cuchillo una merluza y le muestra sus sanas tripas a una señora. «¿Lo ve? ¿Ve que está bien?», insiste la pescantina. Sólo tras esta sangrante exhibición, la mujer toma su cartera y paga. Algunos vendedores, como Manuel Barros, intentan parchear el fallo. Este placero ha colgado de sus puestos unos pequeños focos que dan resplandor directo al producto. «La luz del techo tiñe el pescado de amarillo, no parece fresco», explica. Otros, como Luisa Campelo, se movilizan para que los constructores de la plaza subsanen con urgencia esta deficiencia. «Mañana (por hoy) nos han prometido que solucionarán el problema», anuncia a última hora esta pescantina para felicidad de sus compañeras. La nostalgia de luz, de la que bañaba el antiguo mercado, es la única que asalta a los placeros en el viejo coto de los skaters . La cruz la pone el alumbrado. La cara es la asistencia. «Creíamos que iba a venir mucho más miranda », dice una pescadera con puesto en la calle principal. En general, las ventas están siendo buenas, aunque alguna se queja de que «hay mucha gente y poco cliente». Andrea Bermúdez, que tiene una pollería, señala a una mujer embarazada. «Nunca la había visto en la plaza de Lugo, y eso que llevaba veinte años allí», informa. Ahora se fija en una septuagenaria. «Ésa tampoco iba al otro mercado. La gente mayor se va a acercar más aquí, porque no hay escaleras». «Están los de siempre y muchos más nuevos», confirma la frutera Dolores Cañás. ¿Y qué comentan los compradores? Ponemos la antena en varias conversaciones. Pues dicen que el suelo está encharcado en donde las pescantinas, «y que no se puede venir de zapatos». Se quejan de los «pasillos de avión», tan estrechos. Cruza la plaza un chaval, presunto estudiante, y engorda el libro de reclamaciones: «¿Dónde están las banderas del Dépor?». Eso.