De Lorean

JUAN GÓMEZ-ALLER

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

21 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

EL AUDI QUATTRO de un amigo, compañero de viajes, aventuras y trenes, es clavado al De Lorean de Regreso al futuro . Sólo le falta el condensador de flujo, pero estamos trabajando en ello. El plan, que urdimos jugando al Risk mientras atacábamos a galope Kamchatka, consiste en acelerar el coche hasta abrir un agujero en el tiempo -pequeño, discreto- y salir en el punto exacto en el que el mapa indica Los Tesoros Perdidos, que vienen a ser como el de Montecristo pero en sentimental. Como el bocadillo de calamares de Encarna, que los repartía a diestro y siniestro en la plaza de Orense; el azul y el amarillo de los vagones del Rías Altas, el Orient Express coruñés, en su viaje a Madrid; las antiguas losas de Los Cantones para cruzarlas a saltos; las colas cinematográficas frente al Colón para ver Batman; el cine más antiguo de Europa, el París, siendo todavía un cine; la vainilla de la heladería Ibense; el adictivo olor de la Fábrica de Tabacos y el ciclón Hortensia -los niños entendimos «cilón», el malvado androide de la serie de televisión Galáctica , y nos echamos a temblar-. Borges se equivocó cuando pensó que el tiempo no existía. Existe, y sirve para enterrar tesoros con sabor a vainilla y hacer de túnel para nuestro De Lorean.