Reportaje | El «Oosterdam» recaló ayer por primera vez en A Coruña Disfrutar de un viaje de doce días a bordo de este crucero cuesta más de 13.000 euros
25 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Soñar no tiene precio. Soñar es barato. Pero fantasear con embarcar en este crucero le costará unos 13.000 euros por 12 días de travesía. Este gigante se llama Oosterdam . Pesa unas 82.000 toneladas, y en medio de la ciudad se confundiría con un edificio de 14 plantas. Dice la tripulación que «todavía es muy joven», porque hace sólo cuatro meses que chapotea por las aguas de todo el mundo. ¡Quién lo diría! Y es que el pequeño Ooster es más ducho en aguas europeas que en grandes océanos. Abanderado en Holanda, no conviene dejarse engañar. En sus entrañas descansan representantes de México, Cuba, Venezuela, China, Rusia y, por supuesto, Estados Unidos. «Los yankies quieren conocer la vieja Europa» o eso dijo Madore, una pasajera canadiense. A primera hora de la mañana una marejadilla de curiosos se apelotonaba en el muelle de trasatlánticos. Mientras tanto, la hora del desembarco. Sólo hasta las cinco de la tarde: momento en el que ponía rumbo a Lisboa. Cientos de personas descendieron al puerto para recorrer las calles coruñesas. De película Al cruzar la pasarela empieza una aventura de mármoles, dorados y todo tipo de decoración de corte rococó. Cada estancia con un estilo distinto. Desde lo más recargado a lo más moderno. Una inversión de 14 millones de dólares en festejos decorativos. A las instalaciones, divididas en diez plantas, se accede por ascensores exteriores y vistas al infinito marítimo. Una ciudad flotante en la que uno puede ir a la discoteca, sacarse fotos en la zona Kodak, o ver su partido de fútbol favorito vía satélite, en el Sport Pub. El plato estrella del desayuno: sushi, servido al borde de la piscina. Y lo más impresionante: el cine. Un anfiteatro que, si lo estiras un poco, te queda de la dimensión del Teatro Rosalía. De los pasajeros, sólo saltaba a la vista que la media de edad no bajaba de los 60. Jason Jenkins, relaciones públicas del barco, insistía en que había «gente rica y no tanto». Así que, si decide romper su hucha, podrá acodarse en esa barra que rodeaba a un piano y solicitar eso de: «Tócala otra vez, Sam».