HERCULÍNEAS | O |
13 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL SENTIDO común dice que no merece la pena ninguna bandera bajo la que haya que perder la vida o sacrificar parte de los conceptos vitales que nos mueven en el día a día. Parece mentira que muchos de los jóvenes que se desgañitaban hace muy pocos meses en las marchas contra la guerra se desahoguen cada semana en Riazor (o en cualquier otro estadio de cualquier categoría) coreando consignas que poco tienen que ver con los pacíficos ánimos anteriores. El fútbol no puede ser una válvula de escape. Ni siquiera es justo considerarlo como el opio del pueblo, como se apresuran a desacreditarlo esos presuntos intelectuales a los que les cuesta ver más allá de sus propias gafas. Ser deportivista (o celtista, o compostelanista, o madridista, o cualquier clase de ista que se le ocurra) no es incompatible con el ser deportista. El fútbol sigue siendo un juego por muchos millones que se muevan alrededor. Y los dueños del espectáculo no son ni los florentinos, ni los zidanes, ni los djalminhas, ni los ronaldos. El juego, como tal, debe ser concebido para divertir y entretener. Y yo reconozco que no conozco a nadie que se lo pase bien dando patadas o recibiendo bofetadas. El fútbol no puede ser así. Por favor.