HERCULÍNEAS | O |
18 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.ENTRÓ en el vagón del metro con un periódico deportivo bajo el brazo. Tenía unos sesenta años y estaba algo escuálido. Gorra de béisbol y bufanda para el frío invernal de Munich, se me acercó con temor. Me había reconocido compatriota porque yo también había comprado la prensa en la estación central de la capital bávara. Parecía no saber cómo entablar conversación, así que me ofreció un trueque de diario. De ahí en treinta segundos a su infancia coruñesa, a su emigración obligada, a su divorcio y a su trabajo en una cadena de fabricación de automóviles. Ahora, con más de sesenta, servía hamburguesas. Mi escalofrío duró unos treinta segundos, y luego él se echó a llorar. Llegó su estación, y se bajó. No lo volví a ver. Pero sí a otros muchos que terminaron con un agradable retiro en Munich o con un doloroso regreso. Son la colonia de retornados. Les ocurre como a los soldados de Pérez-Reverte en La sombra del águila. Nadie comprende por qué lucharon, y mucho menos les van a recibir con los brazos abiertos. Entre esos coruñeses hay un nexo, una complicidad de haber sido nómadas alguna vez. «Endexamáis teremos unha estatua. Así que, por favor, fai algo», me pidió uno de ellos hace poco. Pues eso. Ahí va el homenaje, camarada.