HERCULÍNEAS | O |

06 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

HACE YA más de cinco lustros que dejé de creer en la magia del 6 de enero. No quiere decir ello que no me haga ilusión el ritual de romper el papel de colores que oculta la sorpresa de algo de ropa, un disco, quizá un libro o, en los casos más arriesgados, hasta una vajilla. Por mucho que lo parezca, esto no es una pataleta antitradicionalista. Pero es que cada vez me hace menos gracia salir a la calle el 6 de enero y ver cómo los más pequeños se hacen mayores y ya no se conforman con un osito de peluche o aquella bicicleta que antes nos volvían locos. Culpan a la tele de que los niños ya sólo quieren videojuegos y réplicas de los héroes que salen entre las 625 líneas. Y yo pienso que no, que la culpa es de todos los que nos afanamos en pretenderles una efímera posibilidad en forma del objeto más caro y que más espacio ocupa en nuestros cada vez más diminutos pisos. Sólo hay que ver las fotos del antes y el después. La caravana real de este año -al pobre Baltasar hay que ponerlo a dieta- sembró la felicidad entre varios miles de fervientes seguidores con el regalo más simple del mundo: un caramelo. A lo mejor, el problema no está tanto en el que recibe, sino en el afán del que quiere quedar bien que persigue al que da. francisco.espineira@lavoz.es