CRÍTICA MUSICAL | O |
10 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.TIENE que ser un trago tremendo para un compositor vivo que se interprete una partitura suya en tan augusta compañía como la que a Eligio Vila le dispensaron Beethoven y Brahms, nada menos; sólo faltó Bach para completar las tres grandes bes de la música. Hubo aplausos amables, teñidos de indiferencia, para la Sinfonietta del compositor pontevedrés, una obra que no arriesga nada, pero tampoco posee ese punto halagador, amable o voluptuoso, para los oídos más conformistas; se queda en un terreno de nadie, quizá producto de las propias condiciones que exigen este tipo de composiciones, sin alcanzar el vuelo de construcciones de mayor amplitud, donde se puede decir más, aunque no necesariamente mejor. Ocurrentes diálogos La obra muestra una buena factura, habilidad para desarrollar ocurrentes motivos, esa especie de interrogación suspendida en el aire con la que concluye el primer movimiento, y establecer ocurrentes diálogos entre distintos grupos de instrumentos; pero se llega al final con la vaga sensación de ¡y esto era todo! Éxito tremendo el que disfrutó Paul Lewis, un joven pianista que ya había encandilado a su paso por el Festival Mozart con su depurada técnica y su musicalidad. Qué manera de comenzar el Cuarto Concierto de Beethoven, una lección de sutilidad desde el principio: casi no hacía falta ya nada más. La desesperación de ese diálogo imposible que es el segundo movimiento alcanzó cotas de notable intensidad emotiva. Hubo además absoluta comunión de planteamientos con el director para contagiar vida a una versión fiel al espíritu de la letra, pero a la vez fresca. Gran ovación Liu Jia, en un auspicioso primer encuentro con la OSG, se ganó a pulso una de las grandes ovaciones de la temporada -los propios músicos le tributaron uno de sus más ardorosos reconocimientos al final-, después de una modélica Cuarta de Brahms, con dos primeros movimientos poéticos, de un cálido lirismo; un vigoroso tercero y la poderosa Passacaglia del último perfectamente cincelada. Espoleada por una batuta elegante, inspirada y musical la orquesta rindió como en sus mejores días para ofrecer una interpretación en la que orden y belleza funcionaron a partes iguales. Palacio de la Ópera.