HERCULÍNEAS | O |
19 mar 2004 . Actualizado a las 06:00 h.DE OS CASTROS a Monte Alto, a medianoche, la ciudad huele a bayeta, sabe al jabón que un camarero pasa por la acera frente a un bar de Ramón y Cajal, hay un mendigo durmiendo entre harapos y cartones en Fernández Latorre, pasa una nube de estorninos sobre las palmeras de A Palloza, los automóviles de Alfonso Molina nunca se callan, las luces de las grúas del puerto nunca se apagan, asoma el inevitable borracho en Linares Rivas y los que van a estarlo, los del botellón, brilla la cúpula iluminada de la Casa de las Ciencias, dormita la solitaria parada del bus, se carcajea la gaviota, los Cantones se extienden como un paño de piedra ante mí, el escaparate de Arenas se enciende para mí solo, como la luz subterránea del párking, como el cartelón hortera de una cafetería, como el foco verde de un taxi, como los escaparates de la calle Real que parecen vitrinas o acuarios, en un café alguien paladea un cortado bajo un mural de Urbano Lugrís, tiembla el reflejo que dibuja un charco de luz sobre el enlosado, rebota en los vidrios el sonido asmático de las palomas, y, como en un travelling , la luz de una cocina en un sexto piso, el campo de Marte, la cuesta, la acera que se levanta hacia mi cara, El Polvorín aún abierto, y, al final, el portal, que huele a noche y a lluvia y a estrellas. luis.pousa@lavoz.es