El arca de Noé

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

02 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

UN DOMINGO de agosto de 1938, en Monte Real, el lúcido escritor portugués Miguel Torga descubre en uno de los carcomidos trenes lusos de la época una de las más precisas definiciones jamás escritas sobre el transporte público: «Cuatro horas en uno de estos convoyes portugueses que parecen arcas de Noé. Cuatro horas arrinconado entre un cesto de sardinas y su dueña». El literato de Coimbra parece que se ha infiltrado entre los viajeros del bus que une la plaza de Pontevedra con los barrios que se asoman travestidos de cristal al Atlántico, un arca de Noé rodante con carrocería roja en el país donde ya se dijo que el Diluvio es perpetuo y que Noé ficha en la cola del paro. Las normas prohíben viajar con animales vivos a bordo (familiares a parte), pero a nadie se le ocurre censurar a las sabias gastrónomas que embarcan con su cesto rebosante de centollas vivas y gallinas tuertas y que reúnen, a los pies de los pasajeros, una marabunta de sardinas coleantes, cangrejos que pululan como arañas que buscan el mar y ojos enormes cosidos a un pez de plata. Me puedo imaginar, emboscado en el último asiento, pegado al cristal empañado por la luminosa lluvia de A Coruña, al gran Álvaro Cunqueiro, soñando recetas y poemas a bordo del arca de Noé de la Compañía de Tranvías. luis.pousa@lavoz.es