Sumo despliegue de energía

| CÉSAR WONENBURGER |

A CORUÑA

CRÍTICA MUSICAL

05 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO la Segunda de Mahler se interpretó en una ocasión anterior, hubo que recurrir al hermanamiento artístico con la Sinfónica de Tenerife para poder hacerle justicia a esta obra monumental. Ahora, para volver a abordar tan titánica partitura no ha hecho falta buscar más mimbres que los del Coro de la Comunidad de Madrid. Los atriles que podían faltar se completaron con miembros de la Orquesta Joven y el propio Coro de la Sinfónica colaboró con el madrileño. He ahí una clara muestra de lo que se ha avanzado en estos últimos años en materia musical, para orgullo de todos. A eso hay que añadir que no se trata simplemente de una operación cosmética o meramente propagandística. A juzgar por la inmensa calidad de los resultados, se ve que se trabaja con rigor; los esfuerzos van bien encaminados. La respuesta, tanto de la orquesta como del coro, ha sido excepcional, deslumbrante en algunos momentos, como en ese movimiento final donde, «con el sumo despliegue de energía», como escribió el propio Mahler, la obra, concebida desde la amargura y el desasosiego lacerantes, concluye dejando franco el paso a una cierta esperanza. Víctor Pablo echó el resto logrando altísimas cotas de virtuosismo orquestal: el citado movimiento postrero resultó modélico, de manual. Valiéndose de todo su cuerpo (sólo le faltó hacer el pino sobre el podio) y variadísimos recursos gestuales, delineó un discurso nítido en el que volvieron a sobresalir la transparencia, el cuidadoso tratamiento tímbrico y de las texturas, la búsqueda de la belleza sonora por encima de todo, en una animada visión global que contrasta con el expresionismo, el estilo ácido y descarnado, la grandeza opresiva que otras grandes batutas han sabido encontrar en el mensaje mahleriano, y muy especialmente, en la Segunda . Cuestión de enfoques: el Mahler del burgalés se inspiraría más en el último Karajan, brillante alquimista sonoro, que en los humanistas Klemperer o Horenstein, para entendernos. Contar con la gran Marjana Lipovsek ha sido un lujazo: sobrecogedor el inicio de Luz primordial , que como un íntimo susurro llegó claro hasta el último rincón de la sala. Soberbia, también, a su lado, la soprano Cinzia Forte, bien conocida en el Festival Mozart, ejemplo de inteligencia y sensibilidad. Por afinación, empaste y expresividad, el coro estuvo fantástico, plegado a las más mínimas indicaciones de una batuta detallista, que siempre ha encontrado la mayor de las inspiraciones en la ascensión a las poderosas cumbres sinfónico-corales. Una fiesta de la música y del espíritu. Éxito extraordinario. Sinfónica de Galicia.