CRÍTICA MUSICAL | O |
07 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Las visitas de Josep Pons, desde que era el responsable de la Orquesta de Granada, hasta ahora, cuando ocupa la titularidad de la Nacional de España, han sido siempre acogidas con interés, hasta el punto de que llegó a comentarse que el director catalán podría vincularse a la Sinfónica de Galicia de una manera más estrecha, algo hoy por hoy casi imposible. No es Pons un director carismático, lo que tiene en cultura musical y de la otra, su ejemplar disposición hacia la creación contemporánea, su gusto para proponer programas siempre sugerentes que trazan ingeniosos paralelismos e invitan a la reflexión, no se corresponden con el glamur, en muchas ocasiones despojado de auténticas ideas, de otros colegas suyos. Un aficionado comentaba el otro día, en tono jocoso, que «le hacía falta un asesor de imagen». Pons conquista más por los resultados que sabe obtener de una orquesta -lo realmente importante- que por su «puesta en escena». El otro día, con Ravel y Stravinski, en sus respectivos homenajes a Couperin y Pergolesi, se revivió el diálogo fluido, fértil, creativo entre dos compositores de su tiempo y la tradición pretérita con lecturas equilibradas, en las que destacó la labor de Casey Hill. El sugestivo empleo del impulso rítmico es la característica principal del estreno de uno de los integrantes más antiguos de la OSG, Wladimir Rosinskij, que también compone. Su obra Poseidón un Amfitrite relata en el lenguaje propio de su tiempo los avatares de una conquista brutal, lo que obtiene justo reflejo en sonoridades que van desde la impactante descripción del poderío del dios de los mares, en ese inicio pleno de brío y fuerza caracterizado por el uso de la percusión, hasta la extrema delicadeza con la que retrata a la bella nereida, sirviéndose del juego entre las maderas. Cerró el programa un agradable reencuentro con la Júpiter mozartiana, otra obra de contrastes que Pons supo exponer con claridad desde ese movimiento inicial en el que parecen combatir dos ideas distintas, una arrolladora, que amenaza con llevarse todo por delante, y otra reposada, lírica. Aunque la versión fuese globalmente buena, se echó en falta algo del humor que se encuentra escondido entre líneas y un mayor abandono en ese andante que Woody Allen mencionó en cierta ocasión entre las pocas cosas que merecería salvarse de este mundo. Lo más logrado, la sólida construcción del prodigioso movimiento final. Palacio de la Ópera. Obras de Rosinkij, Ravel, Stravinski y Mozart. Sinfónica de Galicia. Josep Pons, director.