HERCULÍNEAS | O |
28 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.PODRÉ CONTÁRSELO a mis nietos -si es que algún día los tengo-, estoy seguro de ello. Yo lo vi. En primera persona. Oculto detrás de una tela negra de muchos metros. «Es que la imagen de Javier es el secreto mejor guardado de la película», me contó entonces una responsable del equipo de prensa del niño prodigio Amenábar. Como yo, es un producto de la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid. Un día casi provocó una revuelta estudiantil porque se le ocurrió cerrar el bar para rodar Tesis . Claro, no le conocía nadie. Hace algunos meses, mi jefe me encargó un marrón de mañana sabatina. Se rodaba una película en el parque de Santa Margarita. Casi con legañas en los ojos, me fui al pulmón verde de la ciudad. Y allí estaba. Un perfeccionista. Embutido en un mono negro y amantado hasta las cejas. Y Bardem, acoplado a esa silla que, como la cama, forma parte inevitable del recuerdo de Mar adentro . La escena no da para mucho, apenas medio minuto en el metraje final. Pero a más de un centenar de operarios, figurinistas y demás no se les olvidará que una parte de un Oscar histórico empezó a fraguarse a la sombra de la Casa de las Ciencias. Y a mí, tampoco. francisco.espineira@lavoz.es