HERCULÍNEAS | O |
04 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.HAN pasado diez años ya, no, doce el próximo diciembre, del Mar Egeo y su espumarajo negro sobre la piel del océano. Ardía el mar como en aquel poema de Pere Gimferrer, claro que él pensaba en 1969 que titular un libro Arde el mar era jugar al surrealismo con las palabras, pero 24 años después en Galicia, un país de evidente vocación surrealista, el mar ardía literalmente. En 1993 descubrimos con asombro que el Atlántico era combustible. Bastaba con estampar contra la península de la Torre un petrolero con las tripas infladas de fuel para prender lumbre al agua. Unos años antes lo que ardió fue el cielo, el Urquiola se hizo el harakiri con unas agujas de piedra a las que luego pusieron su nombre, y la mitad del firmamento era azul y el otro medio era negro. En el 2003 se abrió la panza del Prestige . Doce años ya del Egeo y sus despojos de hierro siguen ahí, acurrucados en los encajes de roca y algas de la Torre. Habría que resucitar a Urbano Lugrís, el único pintor de paisajes submarinos de la historia, para que retratase la osamenta del buque habitada por crustáceos y estrellas. Nadie ha logrado aún arrancar este esqueleto oxidado de su guarida, lo que se da no se quita, ruge el Nordés, y, si la estadística no falla, en el 2013 ya toca otro Urquiola , otro Mar Egeo , otro Prestige . luis.pousa@lavoz.es