HERCULÍNEAS | O |
14 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.HA VUELTO a pasar. La luz, ese fenómeno que nos libra de las temibles tinieblas, viene y va no a gusto del consumidor, sino cuando la fortuna quiere. El poder ya no está en el interruptor. Los vecinos de Os Castros, de Eirís, de A Zapateira y de muchos otros rincones de la ciudad y su comarca -Cortiñán sólo ha sido el ejemplo más reciente- sufren de forma arbitraria apagones de magnitud similar a los informativos decretados por los Bush en sus dos excursiones sangrientas por Irak. Uno oye pedir a los vecinos más farolas. Y al alcalde decir que va a estudiar la iluminación ornamental del paseo marítimo de Cádiz y sus playas durante el inminente hermanamiento con la Tacita de Plata. Y uno, ingenuo, aún se pregunta si lucirán igual de hermosas en medio de la penumbra. Porque la electricidad se ha convertido en inseparable compañera. Vivimos enchufados. La tele, ese cordón umbilical con la ¿realidad?, el despertador, el ordenador, el teléfono, la nevera, la cocina y hasta la calefacción son buenos ejemplos de que en nada nos parecemos a los hombres de las cavernas. Y todo ello depende de un simple chasquido. La oscuridad da miedo a muchos. Que se repita lo menos posible. francisco.espineira@lavoz.es