CRÍTICA MUSICAL
02 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Para concluir la integral mahleriana que se ha abordado en los últimos dos años, y despedir además la temporada antes del inicio del Festival Mozart, Víctor Pablo ha programado la Octava del compositor, su sinfonía seguramente menos interesante, -aunque él mismo la hubiese señalado como su obra mayor-, pero sin duda la más espectacular por el número de efectivos que es preciso reunir para su ejecución. En ese sentido, la elección del programa tenía un sentido claro: poner a trabajar conjuntamente a todos los elementos que conforman el gran proyecto musical de la ciudad, y demostrar, como de algún modo ya ocurriese el año pasado, durante la interpretación de la mucho más enjundiosa Segunda sinfonía del mismo autor, que todos ellos se encuentran en la mejor capacidad de responder a los retos más complicados. Eso ha quedado demostrado con creces ahora. Si de algo ha servido el empeño de interpretar obra tan colosal, con tantas exigencias (artísticas, musicales, económicas...), ha sido para dejar constancia de que la labor que se viene realizando es la correcta, y que hay futuro para rato, si se sigue por el buen camino y las autoridades mantienen su inteligente apuesta. Víctor Pablo, que siempre da lo mejor de sí mismo en los grandes empeños sinfónico-corales (algún día debería medirse con Bach, cuya monumental Misa en si menor , lo mismo que sus Pasiones , vienen faltando escandalosamente de las programaciones), salió victorioso de un envite en el que desplegó su proverbial energía a la hora de transmitir al numeroso contingente la intensidad requerida. Con Mahler, como una vez dijo Leonard Bernstein -uno de sus supremos, inalcanzables intérpretes-, lo importante es casi llegar vivo al final, mantener la concentración desde el principio hasta la última nota. No vamos a descubrir ahora las virtudes del Orfeón Donostiarra o el magnífico rendimiento del Coro del Palau, lo reseñable es la madurez alcanzada por los efectivos locales, el Coro de la Sinfónica, sólidamente integrado en la masa, y el de Niños, que en sus intervenciones individuales estuvo impecable. Lo mismo puede decirse de los chicos de la Orquesta Joven, que rindieron a la altura que se espera siempre de una Sinfónica que exhibió su habitual nivel de refinamiento. Víctor Pablo obtuvo de todos los efectivos un sonido claro, rico, definido, y sobre todo en la primera parte logró desentrañar sin problemas el complejo tejido polifónico. Excelente plantel de solistas, con la dominadora Alexandra Marc, de voz rotunda y agudos clarísimos, en cabeza y un histórico Sotin de instrumento algo ajado ya, que sustituía al anunciado Jan Hendrik-Rootering. Queden para el recuerdo de esta estupenda, en conjunto, integral mahleriana los logros obtenidos en las Segunda , Sexta , Séptima (con James Judd) y Octava . Largas, cálidas y merecidísimas ovaciones finales que premian no ya una interpretación puntual, si no un trabajo, una trayectoria casi siempre intachable.