SIEMPRE me hizo cierta gracia el comportamiento de esos extraños artilugios que aún decoran muchos tejados. Me agrada ver cómo siempre se perfilan para recibir el viento de cola y esquivar cualquier tormenta. Son reales como la vida misma. De hecho, este fin de semana me he encontrado con un ejemplar humano capaz de ejercer como el más equilibrado conjunto de hierros. Sabes que no son de fiar, pero siempre hace gracia ver cómo retuercen los argumentos para ponerse al sol que más calienta. Por no parecer sumisos se pasan de frenada y olvidan que hay vida más allá de sus propias narices. A veces, presumen de saber tanto y ser tan leídos e instruidos que se olvidan de que la vida pasa por el respeto a los demás. A todos los demás. Quizá, a alguno de ellos le vendría muy bien recordar a José Martí, un personaje mítico de la literatura iberoamericana que, además fue capaz de conjugar su pasión por las letras con su amor a Cuba, convirtiéndose en uno de los artífices de la independencia de la isla caribeña. «Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía», escribió. Si algún veleta lee esto, por favor, que se lo aplique. Es gratis. francisco.espineira@lavoz.es