HERCULÍNEAS | O |

24 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NO VAMOS a hablar de magostos. Tampoco de la singular película de Paul Newman. Hablo de esa muerte que tiñe de rojo el asfalto en situaciones que, a veces, te llenan los ojos de lágrimas aunque no sepas nada de las víctimas. Yo he sentido algo parecido esta semana. El lunes nos despertamos con las escalofriantes fotos de un coche destrozado en Curtis. Conozco esa carretera como si fuera la palma de mi mano. Conozco a muchas víctimas de sus rectas traicioneras. Los más se han salvado con muchos moratones, algún punto en la cabeza y el susto en el cuerpo para el resto de la vida. Alguno ha pagado la traición provocada por el romance entre alguna curva maldita y su nervioso acelerador con unos pocos días de hospital. Pero tragedias como las de la familia accidentada el domingo en A Illana hielan la sangre. Una niña de dos años se quedó dormida para siempre a menos de cincuenta metros de distancia de la casa de sus abuelos. Viene esto a cuento porque las noticias de muertes en la carretera han llegado ya a ese nivel de rutina como el de quien informa sobre el número de muertos estadounidenses en Irak o los ocupantes de pateras que llegan semanalmente a las costas españolas. Y no es eso. La vida vale más que un subidón de gasolina. Responsables somos todos, pero también esas autoridades que consienten que las nuevas carreteras sigan haciéndose con los defectos de las viejas sólo por razones de carácter burocrático mientras no duelen prendas en gastarse los euros en poner cámaras de fotos, o sea, radares, en las rectas de cualquier parte. francisco.espineira@lavoz.es