HERCULÍNEAS | O |
03 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.DE AQUEL día sólo puedo escribir con el estómago, porque, más que imágenes, recuerdo sensaciones. Eran las once de la mañana, y ganábamos de uno en el patio de tierra del colegio. Bum. Se desata el apocalipsis. El cielo se vuelve negro, la Torre se vuelve negra. Evacúan Adormideras. Se habla de evacuar la ciudad. Yo tenía 13 años, y recuerdo aquella curiosidad, aquel miedo, y aquella rabia. Trece años. Me cuenta D., que solía bañarse en la playa de San Amaro, que de aquel día sólo recuerda agua negra, lloros y ganas de vendetta . Entonces yo no sabía que había empezado una guerra, pero sí sé ahora que en pocos días una polaca, Danuta Hübner, firmará la paz. Se acaban trece años de guerra para sacudirnos aquel fantasma de encima. Para hacer justicia con aquel día de 1992, en que Barcelona ganó unos juegos olímpicos, Sevilla una exposición universal, y A Coruña el Mar Egeo. Por esa razón, merecemos ese nuevo puerto, esa muralla de tres kilómetros más alta que un edificio para frenar el océano Atlántico, ese dinero de Europa. Ayer fue 3 de diciembre, el día en el que el mar y el cielo cambiaron de color en el año 1992. Quizás los que consideran que la ayuda europea a la dársena exterior es un regalo inmerecido, no recuerden aquel día. No lo sé. No entiendo sus razones para pensarlo. Sé que, probablemente, sin el Prestige, Danuta Hübner nunca estaría a punto de firmar el cheque para el futuro puerto exterior. Pero cuando lo haga, en lo primero que pensaré será en aquel patio de tierra, en el humo, en la Torre de Hércules, y en la playa de San Amaro. Ayer fue 3 de diciembre. juan.gomezaller@lavoz.es