HERCULÍNEAS | O |
16 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.VOLVÍA a casa cansado por esa calle tan corta, Wenceslao Fernández Flórez; durante muchos meses en el suelo de aquella plaza interior hubo una pintada de gruesos trazos blancos: «Siempre tú». Ahora, el grito es el de unos versos de Benedetti colgados de un escaparate: «No apagues el júbilo. No quieras con desgana...». La Chola, un comercio que vende zapatos envueltos en poemas de Benedetti, le trajo a la memoria otras maneras de contar el cariño, densas y distintas, oídas en dos comprometidas películas. Cuando Tessa le pide a Justin, los protagonistas de El jardinero fiel , que la lleve a África, él alega que apenas la conoce; «Pues tendrás que aprenderme», argumenta ella. ¡Todo un descubrimiento! Aprender a esa persona querida, conocida o que comparte ruta contigo. El otro hallazgo está en La vida secreta de las palabras, esa hermosa mezcla de ternura y dureza en la que Josef (un enorme Tim Robbins) busca a Hanna (Sarah Polley), un misteriosa enfermera que le ha cuidado con mimo, además de mostrarle las cicatrices de un doloroso pasado en Bosnia. Josef-Tim la encuentra y le dice que quiere pasar con ella el resto de sus días; Hanna lo rechaza, apuntando que cualquier día los sufrimientos pasados la harán llorar tanto que las lágrimas «podrían ahogarnos a los dos». Él, que le confesó como gran secreto que no sabe nadar, le da la solución: «Entonces, aprenderé a nadar». Pensando en la habilidad de Coixet para poner los sentimientos en imágenes, llegó a sus oídos la voz de Rosana, cantando de desamores, corazones pintados en el hielo,... Decidió llevarle la contraria pero robarle otra novedosa forma de decir: «Voy a gastarme la vida contigo». manuel. rodriguez@lavoz.es