CRÍTICA MUSICAL | O |
11 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.AUNQUE la celebración del concierto fuese anterior en un día al anuncio oficial, estas líneas ven la luz cuando la salida de Paco Vázquez de la alcaldía ya se ha consumado. Y como la actualidad obliga, antes de la propia glosa del acto, justo será reconocer, en la despedida, el excelente impulso que el nuevo embajador ante el Vaticano supo darle a la música, en la ciudad, durante su mandato. Podrá decirse que ha habido, recientemente, momentos más felices: los primeros años del Festival Mozart, o aquellas temporadas en las que los conciertos de la OSG se alternaban con los de importantes formaciones extranjeras, que permitían a los aficionados coruñeses contrastar visiones más allá de la actual dieta única. Los compositores dirán que la creación actual se ha visto desatendida, y los Amigos de la Ópera echarán de menos la debida participación de la orquesta coruñesa en uno de los festivales más antiguos de su clase. Nunca llueve a gusto de todos, pero si se compara el páramo de hace unos años con el actual vergel, en el que la música ha florecido para mejorar la calidad de vida de esta culta ciudad, no queda más que congratularse y rendir homenaje al principal artífice de este cuasi milagro, el alcalde melómano, Vázquez. Suerte para él y para su sucesor, que lo tiene mucho más fácil: ahora sólo queda enderezar, pero lo fundamental, el proyecto musical, existe y tiene futuro. Dicho lo cual, por aquí pasó el otro día Libor Pesek, que es un excelente director, e hizo gran música, como se esperaba de él; aunque ya hay aficionados que muestran sin contemplaciones, en los descansos, su desagrado por estos «programas guerreros» tan poco amables, en ocasiones. Fue una lástima que se cayera del cartel la anunciada Viktoria Mullova. La sustituyó Isabelle Faust, que no es lo mismo, pero cumplió en el difícil Concierto de Berg, pese a que no anduviera sobrada de sonido. El gran Pesek salió a relucir en la obrita de Hass, absolutamente prescindible, y sobre todo en esa partitura de impecable construcción que es el Taras Bulba de Janacek, «relato hecho ritmo, tensión dramática y sugerencia rica en significados», como alguien ha escrito, del que orquesta y director ofrecieron una interpretación ejemplar, mezcla de sensibilidad y brío. Lugar. Palacio de la Ópera