Plaza pública | La fórmula de los Museos Científicos Coruñeses
25 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Los que no tenemos la suerte de vivir en La Coruña pero sí hemos llegado a amarla gracias a los veraneos juveniles -hace, ay, ya muchos años- y a las visitas posteriores por razones variadas y, en últimos lustros, profesionales, tenemos que apuntarle a la capital coruñesa muchas cosas en su haber. Entre ellas, me gustaría destacar al menos dos; que además no son cosas, sino personas, pero que forman parte de esa riqueza inmaterial que acaba dándole prestigio y seriedad -caché, diría un cursi- a toda una ciudad. Sus nombres de pila son Francisco y Ramón, y yo les añado el Don, contracción de Dominus, Señor, como tratamiento de respeto hoy muy común pero antiguamente reservado sólo a determinadas personas de elevado rango, como bien recuerda la Real Academia Española. La Coruña no sería lo que hoy es sin estas dos personas, que han hecho de una ciudad de tamaño medio del noroeste peninsular, allá por el Finis Terrae sureuropeo, la capital quizá mundial de la divulgación de la ciencia entendida como parte inseparable y complementaria del conjunto de bienes culturales que los humanos hemos ido atesorando desde que éramos apenas unos monos listos que comenzaban a andar erguidos sobre dos patas. Gestión municipal No es mala cosa recordarlo ahora, y desde fuera de Galicia, precisamente cuando se va uno de esos dos egregios señores, el que ha venido desempeñando, por mandato popular y desde hace casi cinco lustros, la noble tarea de regir los destinos de la villa. No será posible explicar en los libros de Historia lo que ha venido ocurriendo en esta capital gallega durante casi un cuarto de siglo sin glosar la figura de Francisco Vázquez. El cambio radical de aspecto de la ciudad en la fachada urbana que se percibe a simple vista como en los elementos menos patentes pero que bien saben apreciar los ciudadanos sea cual sea su nivel cultural o económico, tiene mucho que ver, casi todo diría yo, con la gestión municipal que Don Francisco y su equipo han sabido llevar a cabo en su ciudad. Yo no entiendo mucho de militancias políticas, aunque siempre creí saber que Paco Vázquez era socialista, y guerrista para más señas. Suponiendo que eso signifique algo más que la mera aceptación de que Alfonso Guerra ha sido y es un símbolo de muchas cosas buenas para muchas personas. También he sabido que se trata de una persona creyente, que va a misa por convicción y que no se apea de sus ideas más profundas lo diga quien lo diga. Y, ya en el trato personal, siempre me pareció una persona cordial, culta, de excelente conversación, amigo de sus amigos y contemporizador con sus enemigos, y muy gallego, en el mejor sentido de la palabra. O sea posibilista, negociador, testarudo hasta donde se pueda, de convicciones firmes, de fidelidad implacable a sus ideas, amante de la conversación fina, sin estridencias, y de la comida gustosa y bien acompañada. Pero es que, además, en todo el conjunto de elementos que conforman la nueva Coruña muñida por el equipo de gobierno municipal de Francisco Vázquez, destaca con luz propia y de manera relevante, en mi humilde opinión, el conjunto de centros de divulgación cultural que hoy conocemos como Museos Científicos Coruñeses. Y aquí aparece el otro personaje, Don Ramón. Sólo una mente divergente, cultísima, entusiasta y al tiempo pausada, racionalista, escéptica y reflexiva como la suya podría haber puesto en marcha, desarrollado y ampliado aquel proyecto iniciático de la Casa de las Ciencias. Una realidad que algunos egregios capitalinos, como yo mismo, saludamos con entusiasmo teñido de incredulidad, porque era darle toda una lección al resto de España, casi al resto de Europa: ¡el primer museo científico público del país! De esto hace ya 21 años. Luego vinieron en 1995 la Casa del Hombre (Domus) y en el 99 la Casa de los Peces (Aquarium Finisterrae). Sólo don Ramón, Moncho, podría haber identificado en las iniciales MCC de sus museos la genial igualdad de Einstein: E=MC2. Cambios En todos esos años, España, Galicia, La Coruña, han cambiado extraordinariamente. En general, a mejor. En el caso de Coruña y sus museos científicos, a muchísimo mejor. Y lo que parece aun más relevante: han creado escuela. Somos muchos en España, y me consta que incluso fuera de ella, los que nos reclamamos hijos de las mismas ideas que al alimón entre don Ramón y don Francisco se hicieron patentes en Galicia. Ideas que han tenido mucho que ver, sin duda, con el hecho de que ahora, casi un cuarto de siglo después, tengamos ya en toda España numerosos museos, planetarios, acuarios y otros centros de divulgación científica para el gran público. Algunos, como el que me honro en dirigir en Valencia, de tamaño descomunal aunque con idéntica intencionalidad que el centro pionero coruñés. En Valencia incluso hemos seguido la estela trazada por la Domus con Arata Isozaki: un arquitecto de fama mundial construye un centro de divulgación cultural y científica. En el caso de Valencia hemos contado con un valenciano universal, Santiago Calatrava. En fin, que ahora que perdemos un excelente alcalde español y gallego para ganar un no menos excelente embajador de España, que seguro que además seguirá siendo tan gallego como el que más, parece de justicia reconocer públicamente y por escrito los méritos de quien llevó con pulso y tino el timón de una ciudad que muchos que no nacimos allí mostramos orgullosos a los forasteros como una muestra de buen hacer y leal entender. Empezando, desde luego, por sus museos científicos. Por fortuna, a don Ramón aún no se lo han llevado para regir destinos más internacionales, aunque ése es un riesgo no descartable. Es público y notorio que su valía se comenta alén nuestras fronteras, y desde intramuros. Pero es obvio que en la cotidiana labor de Moncho y sus colaboradores quedará para siempre la impronta del alcalde amigo, casi íntimo, que se va. Del mismo modo que en el ayuntamiento mismo seguirán planeando no tanto la figura como sobre todo las ideas del que fuera su máximo representante durante tantos años. Incluyendo de forma preferente, supongo yo, al alcalde que le reemplaza, amigo y también casi íntimo del nuevo embajador, y miembro brillante y ya antiguo del equipo de gobierno municipal. Hasta siempre, don Francisco. Unos trocitos de Galicia, de Coruña, de los museos de ciencia interactivos de toda España, de todo el mundo, se van contigo al Vaticano. Difícilmente podrían estar en mejor lugar, ni mejor acompañados y defendidos. Manuel Toharia