Una ciudad que perdió el aroma a tabaco pero que mantiene otros tradicionales

Rubén Ventureira

A CORUÑA

24 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay calles aromáticas, reconocibles a golpe de olfato aún con la vista tapada. «Un olor superclásico es el que da a la calle de la Galera la tienda Azafranes Bernardino», asegura Mariano de Goya, trabajador de la delegación de la Once que, bastón en mano, se patea el centro de la ciudad todos los días.

Entramos en la Galera y, al pasar el Bonilla, llega ya el agradable olor a especias. «Nos dice mucha gente que esta calle huele muy bien», sonríe Maripaz Vázquez Pampín, propietaria de Azafranes Bernardino. El negocio lleva más de cien años en el mismo lugar, expandiendo aroma «a comino y a azafrán, fundamentalmente». Al entrar en la tienda se percibe más el primero, y entran ganas de atacar unos callos.

Subimos por la calle de la Torre con el objetivo de cazar un olor en una zona más venteada. A medida que se avanza hacia el final de la vía, el aire tienta con un churrasco. El foco es el restaurante La Cabaña del Cazador. «El olor que dan las churrasquerías y las panaderías nos estropea a veces algunas calibraciones. Es muy intenso», asegura Manuel Vidal, inspector de la concejalía de Medio Ambiente.

Bajando hacia Adormideras asalta el olor a mar. Agradable, «como el que hay en la Marina con la marea baja», apunta Mariano de Goya.

Del mar a la lonja. Hay un olor crucial, casi de interés turístico: el aroma a pescado recién subastado, que golpea en la avenida de Linares Rivas.

Los olores perdidos

Algunos olores clásicos se han perdido para siempre. Ya no huele a calamares en la plaza de Ourense: cuando el Ayuntamiento le limpió la cara al palacete, se perdió para siempre aquel aroma, el que proporcionaba el frecuentado puesto.

Y, antes, bajabas la avenida del Ejército, pasabas la Casa del Mar y te envolvía la nube de humo de la Fábrica de Tabacos, aroma gratuito a tabaco caro, agradable brisa contraindicada desde 1804. Este olor no daba hambre. Daba mucho dinero. Pero las cigarreras se tuvieron que ir, de malos humos, a otros lares o a la calle.