Este 2008 en el que se ha conmemorado el 800 aniversario de la ciudad pasará a la historia con sus aciertos y sus desaciertos, con sus celebraciones más o menos atinadas, con sus proyectos cumplidos y sus proyectos incumplidos. Toca hacer balance. Y es tan distinto según se escuche al gobierno local y a la oposición que parece que A Coruña son dos ciudades diferentes. El lector juzgará si unos u otros tienen razón, o si no la tiene nadie: ¿Se ha aprovechado o se ha perdido una oportunidad histórica?, ¿se han atendido las demandas de los ciudadanos?, ¿se ha acertado en lo básico o se ha fallado estrepitosamente en todo?, ¿vivimos en una ciudad que puede mejorar o que solo puede ir a peor?
El 2008 fue el año del principio del fin de Penamoa, el de la presentación de un borrador de plan general que, sobre el papel, se antoja más favorable al ser humano que al cemento, y el del aplaudido ingreso de A Coruña en el consorcio del área metropolitana. Fue también el año de la torre de Hércules, como lo será el 2009, y el de la foto en Nueva York con motivo de un hermanamiento tan sui generis que, solo por extraño -y parece que estéril- pasará a la historia de los hermanamientos. La única imagen en todo el 2008, por cierto, en la que Losada, Negreira y Tello posan juntos. Tomada a más de 5.000 kilómetros de distancia de A Coruña, fue un espejismo de consenso que nunca más se repitió.
A Coruña se convirtió en motor económico de Galicia pero no esquivó la bofetada de la crisis. Ahí están decenas de empleados de Martinsa-Fadesa y de Atento, o el pequeño comercio para confirmarlo. Asistimos a la renovación de aceras en la zona centro y a la aparición de infraviviendas en el campus, Mesoiro estalló en protestas por el realojo chabolista y después se apaciguó, los Castros continuó sus quejas por las descargas de carbón, se renovó la biblioteca del Castrillón y arrancaron las obras del parque de Oza. Fue el año del puerto exterior, el de la depuradora de nunca acabar y el del carril bus. No fue, desde luego el de Alvedro, ni el de Bob Dylan, la ría de O Burgo o el polígono de Morás. Tampoco el del ofimático, siempre en maqueta. Fue el año, otro, sin AVE ni tren de cercanías, el de los primeros pasos de la intermodal y el transporte metropolitano, el del recinto ferial y Dolce Vita.
El 2008 ha sido el del adiós al botellón más molesto y el de la confirmación del Museo Nacional de la Ciencia. El de una coalición con menos conflictos, al menos en apariencia, de los previstos. El de las visitas reales y de Hollywood. También ha sido el de una tercera ronda con indicadores que, por ahora, dirigen a la nada, el de las obras en la plaza de Pontevedra y el de la incógnita sobre las terrazas de María Pita y la reforma de la Marina. En fin: se han hecho, bien o mal, cosas, y otras no se han hecho. Así lo reconoció el alcalde en la recepción navideña: «Aún tengo un compromiso pendiente con los coruñeses y coruñesas, que esperan el cumplimiento de promesas hechas». Demasiada tarea la que hereda 2009 como para que oposición y gobierno se duerman en la crítica sin más o en proyectos sin fecha. Pues corremos el peligro de que de críticas y de promesas huecas esté asfaltado el camino, como poco, hasta el 1 de marzo. Un lujo que ni siquiera A Coruña, la de Losada, Negreira y Tello y la de otros 247.000 vecinos, puede ni debe permitirse.