Es abad desde 1980, y en estos años ha cuidado del templo románico como si ?fuera un hijo. Una labor que continúa hoy en día con la reparación del tejado
27 mar 2010 . Actualizado a las 03:40 h.El padre Taboada anda atareado estos días con las obras que comienzan a realizarse en el tejado de la Colegiata: «No es que me ocupe yo de ellas, pero tengo que andar por aquí supervisando un poco cómo va todo», aclara. Y no es algo raro. Desde que fue nombrado abad y se hizo cargo del templo de Santa María del Campo, hace ahora treinta años, puede decirse que ha estado en continua reforma: «Cuando llegué la primera vez y vi cómo estaba me propuse arreglarlo. No sabía en qué lío me estaba metiendo», asegura entre risas.
Es uno de esos coruñeses que no necesitan presentación, a pesar de que Rafael Taboada nació en Melide en 1926 en el seno de una familia numerosa en la que debían de desayunar tostadas de fe y café con vocación, ya que de los siete hermanos, tres salieron sacerdotes: «No es para tanto, éramos muchos y a algunos nos llamó Dios por este camino. Y en esos casos, poco hay que pueda uno hacer al margen de seguir la vocación», simplifica el abad. Su hermano Julio es el coronel capellán de la Castrense, y Guillermo es párroco en Oleiros. Es allí donde viven los tres: «Mi hermano se ha comprometido enormemente con su parroquia, así que terminamos haciéndonos allí una casa», cuenta.
Estudió en el Seminario de Mondoñedo y en la Universidad de Comillas, donde se licenció además en Derecho. Es autor de más de una docena de libros con títulos tan dispares como Matrimonio y familia, Morir con dignidad, Objeción de conciencia, Deporte y fútbol por dentro o Historias de La Coruña; porque la identificación del padre Taboada con la ciudad va más allá de una mera residencia: «A Coruña es una joya. Y por eso me he esforzado para que tenga un tesoro en su interior, porque se lo merece», afirma el abad sobre la Colegiata, de la que matiza satisfecho: «Que esto es de la ciudad, no mío». En ella ejerce de guía y la muestra como un padre orgulloso. Enseña cada detalle, cada cambio, cada mejora y también cada falta que todavía pervive en el templo: «Aún tenemos una gotera en el piso superior, pero tenía que ver esto antes. Era un barrizal».
Arte sacro
Otra de las predilecciones del abad es el Museo de Arte Sacro, situado en las inmediaciones de la Colegiata. Abierto en 1990, recoge buena parte de las piezas de orfebrería acumuladas con los años y algunas donaciones más recientes, como una enorme concha de vieira de plata gentileza de Carmen Polo: «A veces creo que esta colección, por la noche, aumenta», afirma entre risas el abad mientras cuenta la historia de cada relicario, cada palmatoria y cada cruz allí expuestas.
«Yo me quedo por aquí, que voy a echar un ojo», se despide Taboada señalando al andamiaje montado sobre la fachada de la Colegiata, preocupado por ese tejado que no termina de impermeabilizarse. El paso del tiempo es cruel y no perdona ni a las sólidas piedras de este templo románico. «Y las palomas y las gaviotas, que ayudan lo suyo en el desgaste», añade el abad.